jueves, 19 de abril de 2018

Adiós, hermanos Castro; hola, Partido Comunista



Por primera vez en seis décadas, Cuba está alistándose para tener un dirigente que no sea un Castro. El 11 de marzo se celebrarán las elecciones en Cuba para la Asamblea Nacional del Poder Popular, la que a su vez elegirá al próximo presidente, el 19 de abril. El presidente Raúl Castro, hermano del fallecido Fidel Castro, no se postulará para la reelección. En 2011, introdujo límites para los períodos presidenciales y parece dispuesto a honrarlos. Se espera que la Asamblea Nacional escoja a un sucesor que no pertenezca a la familia Castro.

¿Qué debemos esperar de esta sucesión? Una lectura optimista es que podría constituir el primer paso hacia la democracia. Otra, más realista, es que Cuba se encamina a más de lo mismo: un gobierno no democrático de un solo partido.

Si el Partido Comunista de Cuba -el único con permiso de participar en las elecciones bajo el régimen de un solo partido- fuera astuto, trataría de salirse del juego mientras las ganancias aún son buenas. Si guiara una transición hacia la democracia bajo sus propios términos, el PCC podría cosechar beneficios.

Las leyes e instituciones de reciente configuración (por ejemplo, las leyes electorales) podrían estar hechas a la medida a su favor. El partido también podría aprovechar haberse liberado recientemente de los Castro para permitir nuevas libertades para los cubanos y crear de este modo una buena voluntad traducible en votos.

Después de todo, en muchas democracias, los partidos autoritarios que antes estaban en el poder (o los partidos formados por políticos que solían ser autoritarios) siguen siendo actores prominentes. En la mayoría de los casos, los partidos de origen autoritario regresan al poder elegidos de manera libre y limpia. De México a Mongolia, Polonia a Panamá, España a El Salvador y Taiwán a Túnez, los electores han llevado de regreso a 'los malos' al poder a través de los votos.

Esto sucede porque a menudo, en el caótico entorno posterior a la transición, algunos votantes sienten nostalgia por el pasado autoritario. Además, algunos regímenes autoritarios pueden mostrar logros importantes. En el caso de Cuba, el partido puede señalar su récord en áreas de servicios públicos gratuitos como la atención médica o en materia de nacionalismo y seguridad interna.

Sin embargo, cuanto más esperen los comunistas, esta estrategia de salida se hará menos viable y más probable será que el partido sucumba en un colapso total del régimen.

Los regímenes autoritarios nacidos de revoluciones, como el de Cuba, a menudo sobreviven durante décadas, pero batallan una vez que la generación de revolucionarios desaparece, en especial si no pueden encontrar una fuente alternativa de legitimidad, como el extraordinario crecimiento económico de China de las últimas décadas. Por este motivo, esta opción de 'paracaídas dorado' debería atraer a los gobernantes cubanos.

Desafortunadamente para el pueblo cubano, hay pocas señales de que se esté considerando esta posibilidad. Por el contrario, la mayoría de los signos apunta a una continuación del statu quo: la sucesión de alguien que no sea un Castro, sí, pero no una transición a un régimen más libre. El régimen cubano sigue estando relativamente protegido ante las presiones nacionales para hacerse más democrático, a pesar de que esto podría beneficiar los intereses del propio Partido Comunista de Cuba a largo plazo.

Lo que es muy obvio es que, a pesar de que Castro dejará el cargo de presidente, no se retirará del todo. Seguirá siendo el primer secretario del Partido Comunista y el jefe no oficial del ejército, las dos instituciones más importantes del país. Cuando los exgobernantes autoritarios mantienen el control de partes clave del Estado, eso les permite vetar cualquier posible apertura hacia la democracia.

El hijo y la hija de Castro también seguirán en cargos poderosos. El hijo, Alejandro, maneja el Ministerio del Interior, y la hija, Mariela, es nominada a la Asamblea Nacional y directora del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex). A Alejandro se le conoce por su amor por la eficiencia y a Mariela por su pasión hacia las causas LGBT. Pero ninguno es conocido por su amor a las políticas liberales. Los dos dedican gran parte de su tiempo a reprimir (en el caso de Alejandro) y denigrar (en el caso de Mariela) a los disidentes.

Más allá de la familia, está el hecho de que el legado normativo más importante de Raúl Castro -el control militar de la economía- es difícil de eliminar. El Ejército cubano, a través de su conglomerado Gaesa, es propietario de la gran mayoría de las empresas que operan en el sector comercial, desde hoteles y casas de divisas a puertos. Esto da al Ejército un amplio control de hasta el 60 por ciento del flujo de dinero hacia Cuba. Cualquier reformista económico sabe que romper un monopolio es difícil; aún más si el monopolio también tiene poder sobre las armas y el servicio de inteligencia. El Ejército cubano está comprometido no solo con el gobierno de un partido, sino también, al parecer, con una economía de una sola empresa.

Puesto que la economía de Cuba es tan cerrada, el sector privado es pequeño y débil. Sabemos que las transiciones a la democracia requieren de actores con dinero que les permitan cabildear en el Estado en pos de cambios, incluso financiar a la oposición. Con Fidel Castro, Cuba puso en vigor una de las prohibiciones a la propiedad privada más draconianas a nivel mundial, básicamente excluyendo la posibilidad de que esto ocurriera. Su hermano amplió la cantidad de actividades de autoempleo permitidas, pero solo las profesiones que requieren pocas habilidades se liberalizaron; aún están vigentes muchas restricciones para contratar y financiar y los impuestos son onerosos. El sector privado existe, pero está rigurosamente obstruido.

Por último, la triada de políticas que han mantenido al régimen a flote desde el fin de la Guerra Fría -la migración, la represión y las remesas- perduran. Desde hace tiempo la migración ha funcionado como una válvula de escape, al llevar a los cubanos más resentidos fuera de la isla, algo que se ha vuelto más fácil ahora que el gobierno ya no requiere visas de salida. La represión sigue aplicándose a los disidentes con tanta fuerza como antes de que el expresidente de Estados Unidos Barack Obama restableciera las relaciones diplomáticas con Cuba.

Las remesas, que quizá promedian hasta 3 mil millones de dólares anualmente, son un salvavidas crucial para la economía cubana. Uno pensaría que, al financiar a la sociedad civil, las remesas ayudan a la democracia en Cuba. Sin embargo, como la pobreza es rampante y el financiamiento escaso, la mayoría de las remesas se usan para consumo en los hogares o actividades de cuentapropistas, así que queda poco para el tipo de grupos cívicos indispensables en el surgimiento de una democracia.

Después de la sucesión, el régimen en Cuba seguirá acorralado por la familia Castro, el Ejército y un sistema regulatorio diseñado para restringir el crecimiento de los negocios y las organizaciones políticas, lo que minimizará la presión para la democratización.

Quizá la única presión posible para que haya más democracia tras la sucesión podría provenir de un conflicto entre el partido y el Ejército. Son entidades separadas, cada una con su propia cultura, recursos y base de apoyo. Es concebible que un futuro conflicto entre el partido y el Ejército pudiera producir un terremoto político, que en teoría generaría una transición política.

Castro entiende esto mejor que nadie en Cuba. Es por eso que puede decidir quedarse a cargo de ambos grupos. Mientras así sea, el potencial de una Cuba más libre seguirá siendo limitado.

Javier Corrales* y James Loxton
The New York Times en Español, 27 de febrero de 2018.
Foto: Valla en Holguín. Tomada de The New York Times.

* Javier Corrales es profesor de Ciencia Política del Amherst College y autor del libro de próxima aparición Fixing Democracy: Why Constitutional Change Often Fails to Enhance Democracy in Latin America. James Loxton es profesor de Política Comparativa en la Universidad de Sídney y coeditor de la futura publicación Life after Dictatorship: Authoritarian Successor Parties Worldwide.


lunes, 16 de abril de 2018

Con disimulo, Raúl y la vieja guardia renuncian



Desde 2006 Raúl Castro es presidente de los Consejos de Estado y de Ministros y primer secretario del Partido Comunista de Cuba, en funciones primero y nombrado después. Pero desde 1989, cuando le dio el golpe de Estado soterrado a Fidel Castro justificado con las Causas No. 1 y No. 2, de hecho fue copando con sus militares y acólitos todas las posiciones importantes en el Partido y el Gobierno.

A 12 años de asumir el control formal del país, entregará la presidencia a alguno de sus leales, presumiblemente el vicepresidente Miguel Díaz-Canel, nacido el 20 de abril de 1960.

Ahora se anuncia que José Ramón Machado Ventura, Ramiro Valdés Menéndez y Guillermo García Frías, el trío de octogenarios que junto a Raúl son considerados lo que queda de la "dirección histórica", acaban de ser condecorados como Héroes del Trabajo, lo que parece ser el preámbulo de su retiro de las posiciones más visibles del poder.

En realidad, lo que estaríamos presenciando es el reconocimiento de toda la camarilla castrista de su incapacidad para desarrollar el país y, como los "revolucionarios no renuncian ni se suicidan", ellos van a entregar "democráticamente" el poder a los designados por ellos.

De esta manera, están orquestando disimuladamente su renuncia ante el fracaso, después de haber ordeñado la vaca hasta la última gota de leche, la cual entregarán a sus sucesores, flaca, enferma y moribunda.

No lo hacen como demócratas que terminan sus mandatos y entregan el poder a los nuevos elegidos, sino porque una vez reconocida y demostrada su incapacidad para sacar el país adelante, se convencieron de que era más elegante dar esa salida que renunciar o enfrentarse a una eventual sublevación en el seno del oficialismo o probablemente del mismo pueblo.

Ya detrás del poder, en la segunda fila, podrían creerse en condiciones de culpar a sus sustitutos del desastre ocasionado por casi 60 años de castrismo. Pero todo tendrían que hacerlo con mucho cuidado, pues ahí mismo se podría armar el "sal pa'fuera" que abriría las puertas finales al desmerengamiento del modelo neoestalinista impuesto por los Castro en Cuba, en nombre de un socialismo que nunca existió.

El general y los octogenarios entregarán un país en peores condiciones que cuando lo recibieron del occiso: con una mayor deuda externa. Con decrecimiento económico. Con una mayor inestabilidad en los suministros energéticos (por el desastre ocasionado por Nicolás Maduro en Venezuela), ya con apagones programados de nuevo, como en los tiempos del Período Especial. Con un mayor desprestigio de las instituciones dirigentes, por la incapacidad demostrada por todos para realizar unas mínimas reformas económicas y política necesarias. Y con un natural aumento de la resistencia popular, la oposición y la disidencia, junto a una agudización de las contradicciones en el seno de la alta burocracia mandante.

En realidad, Raúl Castro no cambió nada de lo esencial en el modelo político económico implantado por su hermano. Pero tuvo la oportunidad de hacerlo y de llevar a cabo verdaderas reformas.

Hubiera podido sacar ventajas del restablecimiento de relaciones con la Administración Obama, que mostró disposición a un intercambio abierto con Cuba. Llegó a tener un amplio consenso en el país para hacerlo, creó expectativas, pero el miedo a generar dinámicas "extrañas" al castrismo que pusieran en peligro su poder y lo dejaran como el Gorbachov cubano y traidor al hermano, solo le permitió desmontar algunas "medidas absurdas" del difunto caudillo y dar la imagen de "cambiarlo todo sin cambiar nada".

El relevo que ahora se proponen, pudieron hacerlo en el VI Congreso del PCC, en 2011, pero el apego a las "mieles del poder" se los impidió. Imagínense a Carlos Lage, Felipe Pérez Roque y Carlos Valenciaga saboreando el momento, en la soledad de sus almohadas.

Los que se queden con la "vaca moribunda" en las manos, Díaz-Canel, Marino Murillo y los demás, menos comprometidos con "la gesta del Moncada y la Sierra junto a Fidel" tendrán entonces la oportunidad de promover los cambios que Raúl ha ido aplazando y de comenzar un proceso real de apertura económica y eventualmente política, que empiece a encarrilar el país por otras vías.

Todo pudiera ser una componenda entre los octogenarios, que prefirieron retirarse fieles al castrismo, y los sucesores, "autorizados" a implementar las reformas aprobadas por los últimos congresos del PCC. Pero si no lo fuera y los primeros trataran luego de culpar a los entrantes del desastre ocasionado por el castrismo en estos casi 60 años, los nuevos mandantes tendrían la oportunidad de "virar la tortilla", demostrar que fueron los "viejos" los verdaderos y únicos culpables, y sentirse libres para entonces emprender modificaciones.

En el horizonte cercano se dibuja ya lo que puede llegar a ser una "situación revolucionaria": los de arriba no pueden seguir manteniendo el control. Los de abajo no soportan más. Crece la actividad política de amplios sectores sociales. Los cambios necesarios parecen inevitables.

Si por alguna razón no los hicieran los nuevos jerarcas y siguieran aferrados al ancien régime, entonces la solución -inevitable- podría adquirir otras connotaciones.

Pedro Campos
Diario de Cuba, 27 de febrero de 2018.
Foto: Raúl Castro, José Ramón Machado Ventura y Ramiro Valdés. Tomada de Cubanet.
Leer también: Tres pandilleros de altura y Se va Raúl con sus viejos compinches.

jueves, 12 de abril de 2018

Raúl Castro prometió mucho, pero cumplió poco



El Gobierno de Raúl Castro, a punto de concluir, se ha caracterizado por la distancia entre la denuncia y el análisis de los problemas y las soluciones a poner en práctica. Esa limitante intrínseca a los dos mandatos raulistas abre una interrogante sobre si su sucesor logrará avanzar en algún sentido en las soluciones, uno de los tantos problemas que quedarán pendientes cuando este abandone la presidencia.

A lo largo del tiempo de su mandato, se han destacado dos bloques, que por una parte definen la distancia entre las aspiraciones y realidades del gobierno raulista y, por la otra, las diferencias entre la situación en que vivían los cubanos antes de la llegada del menor de los Castro al poder y el momento actual.

En el primer caso, hay un marcado contraste entre un diagnóstico claro y las soluciones tardías o a medias llevadas a cabo por el actual Gobierno cubano. En este sentido, un notable paso de avance es el hecho de que la prensa oficial se ha transformado en buena medida y ha pasado de la simple complacencia y el ocultar la realidad, a la publicación de reportajes y artículos que presentan los problemas actuales del país. Si bien aún puede reprocharse a esta prensa la no presentación de la totalidad de los problemas existentes en la Isla -algo que, por otra parte, puede decirse también de la existente en otras partes del mundo-, no por ello se debe negar que ésta ha comenzado a desarrollar su verdadera función de divulgación y crítica de los problemas nacionales.

En otras palabras, en la actualidad la prensa cubana -en especial el periódico Juventud Rebelde y con menor énfasis también Granma- permite conocer mejor la realidad del país que lo que se le reconoce en Miami, donde se publican sin el menor recato los cables de los corresponsales extranjeros que en muchos casos son un simple refrito de lo aparecido en las páginas de estos diarios, mientras se sigue repitiendo que el periodismo que se hace en la Isla se limita a una sarta de omisiones, tergiversaciones y mentiras.

Este cerrar los ojos ante la realidad cubana es parte de la atmósfera dominante en el sur de la Florida, donde el mirar hacia otro lado impide en muchas ocasiones conocer, al menos de forma superficial, lo que ocurre en Cuba, al tiempo que limita el aprovechamiento de los recursos disponibles para el análisis.

Sin embargo, este reconocimiento al planteamiento real de los problemas, por parte de algunos órganos de la prensa oficial cubana, debe ir también acompañado del señalamiento de que, por lo general, éstos omiten o no enfatizan el corto alcance de las soluciones adoptadas hasta el momento. Es decir, que no basta el planteamiento del problema cuando no se dice también lo poco que se hace para resolverlo.

El segundo aspecto tiene una importancia fundamental, en lo que se refiere a la percepción que tienen los habitantes de la Isla: pese a una serie de pequeñas reformas, la situación real no ha mejorado sustancialmente.

Si bien la llegada de Raúl Castro a la presidencia del país significó el fin una serie de restricciones -consideradas excesivas por el nuevo mandatario- su abolición ha significado apenas la posibilidad de adquisición de una serie de artículos y productos que la mayoría de los cubanos no cuenta con el nivel adquisitivo necesario para comprar, y en muchos casos, para obtenerlos tienen que recurrir a parientes en el extranjero o vincularse a actividades delictivas en mayor o menor medida.

Dos fueron los aspectos básicos que marcaron la diferencia entre la más breve presidencia de Raúl Castro y los largos años de su hermano mayor como gobernante.

Uno tiene implicaciones ideológicas: refleja una concepción opuesta sobre el individuo y sus valores y encierra incluso una cuestión filosófica. Donde Fidel Castro vio supuestas limitaciones individuales, una ausencia de cualidades revolucionarias y un afán natural hacia la avaricia y el enriquecimiento que el Estado debía reprimir, Raúl Castro tuvo en cuenta una condición humana, un mecanismo y una forma de motivación que la sociedad debía aprovechar para su desarrollo: una paga sin restricciones, la posibilidad de tener más de un empleo y la existencia de estímulos económicos que permitirán la utilización del dinero como motor impulsor de una mayor productividad.

Más acorde con un socialismo de transición (ya a estas alturas, esta transición parece perenne) que al pensamiento semi feudal de su hermano mayor, por un momento Raúl pareció apostar por un socialismo como dinero, aunque sin llegar al modelo chino que muchos le quisieron achacar. Sin embargo, sea por limitaciones propias, circunstancias del momento o presiones de los círculos más conservadores dentro del régimen, nunca fue capaz de que su visión lograra avanzar hacia una verdadera transformación, y siempre ha estado más cercana a un precomunismo ruso que a un postcomunismo chino.

El Gobierno de Raúl no ha sido capaz de abrazar la célebre frase de Bujarin a los campesinos rusos -¡Enriqueceos!- y mucho menos adoptar la actitud de Deng Xiaoping. Para el régimen castrista, sigue importando más el color del gato que su capacidad para cazar ratones.

De esta manera, el plan raulista fracasó en su énfasis original de la transformación agrícola como una forma de superar en buena medida las limitaciones económicas por las que atraviesa la Isla y derivó hacia la venta de la ilusión de una inversión extranjera como solución de los problemas, que está lejos de materializarse.

Por ello Cuba no ha logrado superar la paradoja de que, en buena media, su déficit comercial obedece principalmente a un aumento de las importaciones en alimentos: al tiempo de que es un país fundamentalmente agrícola y con tierras fértiles tiene que importar la mayoría de los alimentos.

Si bien en un primer momento el gobierno de Raúl Castro trató de estimular la agricultura a través de formas diversas, desde lograr que el Estado liquidara sus deudas a los campesinos hasta un aumento de los precios que pagaba por los productos agrícolas, y la entrega de tierras improductivas en usufructo a quienes querían cultivarlas, lo limitado de las reformas trazadas y el aferrarse al monopolio y control estatal excesivo condujeron a un fracaso del objetivo.

En un gobierno extremadamente celoso con la imagen como es el cubano, la presencia constante de Miguel Díaz-Canel al lado de Raúl Castro en todos los actos -con independencia incluso de su importancia- en los últimos meses indica una clara pausa sobre la sucesión de la presidencia. Con Díaz-Canel se abre además la posibilidad de abrir un camino de gestión tecnócrata que si no logra el éxito esperado en un período determinado -sea por ineficiencia o por rencillas internas acrecentadas- es fácil de modificar: no se sustituye a un Castro, a un Díaz-Canel se quita fácil del medio. Es posible que, entonces, Raúl Castro no esté designando a un sucesor, sino simplemente a un paraguas.

Cubaencuentro, 22 de febrero de 2018.
Foto: Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel, entre otros, durante la visita a una empresa militar industrial de La Habana. Tomada de Cubaencuentro.

lunes, 9 de abril de 2018

La soledad de Raúl Castro



El pasado 24 de febrero, Raúl Castro cumplió diez años al frente del Estado cubano (antes fue líder interino desde que Fidel Castro se retiró por motivos de salud en el verano de 2006.)

Si todo sale como está previsto, Raúl dejará la presidencia de Cuba el 19 abril de 2018, a sus 86 años de edad. Y dejará inconcluso su intento de instalar un “socialismo próspero y sostenible”. Y la era post-Castro está a la vuelta de la esquina. En este comentario hago una breve valoración de largo plazo, para ubicar a la era raulista dentro de la larga epopeya que se inició con el triunfo de Stalin en la URSS.

El revolucionario León Trotsky, en sus últimos años de vida, definió a la Unión Soviética bajo Stalin como un “totalitarismo”. Trotsky, a su vez, había tomado este concepto de otro exiliado bolchevique, Victor Serge, quien resumió bien el origen de la degeneración estalinista. Por un lado, decía Serge, era cierto que la férrea dictadura del partido bolchevique durante la guerra civil “contenía las semillas del estalinismo”, pero también, insistía, el bolchevismo y la revolución “contenían otras semillas, sobre todo las de una nueva democracia”. El régimen de Stalin fue la victoria de unas semillas sobre las otras; la suya, fue una contrarrevolución que triunfó sobre personajes como Trotsky y Serge.

El totalitarismo de Stalin se impuso a través de un canibalismo político que requirió del derramamiento de litros y litros de sangre. En contraste, los nuevos Estados que se sumaron al bloque socialista después de la Segunda Guerra Mundial nacieron totalitarios; en ellos no hubo necesidad de un baño de sangre entre comunistas en pro de normalizar el estado de excepción (en tiempos de paz) y comunistas partidarios de retomar la ruta de consolidación de una nueva democracia. Los nuevos Estados socialistas, alineados a Moscú de un modo u otro, simplemente replicaron en sus países el molde estalinista. Cuba, por supuesto, fue uno de estos estados.

A diferencia de las otras revoluciones comunistas, en Cuba el Partido Comunista no fue el productor de la revolución, sino un producto de esta. El PCC tuvo su primer Congreso en 1975, a pesar de haber sido fundado en 1965 (seis años después de la revolución). Hasta ese momento (y en parte, también después) el bastión del poder político recaía en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), cuyo origen era el Ejército Rebelde, la guerrilla de Fidel Castro que derrocó a Fulgencio Batista. De ahí que el título que Fidel Castro ostentara en primer lugar fuera su rol de Comandante en Jefe, no el título de Secretario General del Partido, como Stalin, por ejemplo. En Cuba, el ejército no fue el brazo armado del partido; más bien, el partido ha sido el brazo político de las fuerzas armadas.

Como otras revoluciones comunistas autóctonas -por ejemplo, Yugoslavia, Vietnam o China-, Cuba no era un simple títere de Moscú. El comunismo cubano, sin embargo, surge en la misma década en que se profundiza la ruptura entre China y la Unión Soviética. La dirección cubana, frente a esta disyuntiva, decide sumar su joven revolución al campo soviético. Cuba no perdería su autonomía, del mismo modo que Israel nunca la ha perdido frente a Washington. Cuba incluso llegaría a imponer políticas a Moscú, como su involucramiento en la guerra de Angola, donde las FAR enviarían tropas contra del ejército del apartheid sudafricano.

Al grano: el colapso de la Unión Soviética no implicaba el colapso de Cuba socialista. Al igual que Corea del Norte, China y Vietnam, Cuba sobrevivió. Claro que hay modos de sobrevivir. No es lo mismo mantener un régimen de raíz soviética desde la prosperidad, como en China o Vietnam, que mantenerlo desde la escasez, como en Cuba o Corea del Norte.

En medio de la dura crisis económica de los años 90, Raúl Castro aprendió a amar a los chinos. Su añeja militancia estalinista sería aderezada en esos años por una admiración de la vía china. A principios de 1998, Raúl pasó varias semanas en China estudiando las reformas iniciadas por Deng Xiaoping. El revisionismo raulista, hay que admitir, era más producto de la necesidad que de la ideología. “Son más importantes los frijoles que los cañones”, ha dicho.

Los 90 fueron años duros en Cuba. Pero Fidel Castro seguía teniendo la última palabra. A diferencia de su hermano, Fidel adoptó la relajación de la Economía Centralmente Planificada (ECP) con enojo. Los microempresarios que surgieron en Cuba después del colapso soviético -los llamados cuentapropistas- serían considerados un mal necesario, una peste que había que soportar (y eliminar cuando vinieran tiempos mejores). Esto cambiaría con la presidencia de Raúl Castro y sus reformas: ahora las “formas no estatales de la economía” son consideradas legítimas, socias de la “empresa estatal socialista”, que sigue siendo la “forma principal de la economía nacional”. Cuba está interpretando, a su modo, el socialismo de mercado.

Con Raúl, Cuba se ha asemejado a China en su relajamiento de la ECP. Pero se distancia de la vía china en la intensidad de dicho relajamiento. Mientras los dirigentes chinos han admitido un resurgimiento de la burguesía -en términos marxistas, de la propiedad privada sobre los medios de producción-, en Cuba ése sigue siendo el límite de las reformas. Una cosa es que haya capital extranjero en la Isla (también lo hubo en la URSS de Lenin); otra, muy distinta, que se legalice el desarrollo de una burguesía nacional. Raúl Castro hizo la revolución en contra de esa clase social y él no la quiere volver a parir.

El problema es otro: en la ausencia de democracia en Cuba, ¿qué garantiza que un Gobierno posCastro rechace la restauración capitalista? Nada. Y cuando el capitalismo se ha restaurado en los países del ex bloque socialista, lo ha hecho como lo hizo el capitalismo en sus orígenes: mediante el despojo, al modo de la “acumulación originaria” ilustrada por Marx. En el ex bloque socialista, la nueva burguesía ha surgido de las filas de la alta burocracia estalinista, que se adueñó de bienes estatales.

Trotsky anticipaba, en La revolución traicionada, que la URSS de Stalin era inestable: o bien la burocracia restauraba el capitalismo o los trabajadores restauraban la democracia socialista. Lo que no anticipaba es que esta disyuntiva podía quedar en suspenso varias décadas. El totalitarismo es efímero -a menos que, como en Corea del Norte, se institucionalice a un semidios-, y tiende a relajarse para obtener un grado de anuencia de la población: este es el punto de partida de un régimen postotalitario. El conjunto de instituciones gobernantes (o sistema político) es el mismo, pero se articulan de otro modo: es otro régimen.

El postotalitarismo cubano se distingue por haber emprendido su maduración bajo la conducción de un fundador del Estado estalinista, Raúl Castro. (En un capítulo de este libro colectivo, he explicado ese proceso de maduración).

Raúl pronto dejará la presidencia de la república de Cuba, pero se mantendrá como Secretario General del PCC, al menos hasta su siguiente Congreso en 2021. Desde ese puesto, el último estalinista buscará lo imposible: eternizar, mediante reforma constitucional, su régimen. Si Stalin fue un dictador crudo -talentoso en la intriga, miope en el largo plazo-, Raúl es su discípulo ilustrado. Pero con un defecto: el de creerse el Leonardo da Vinci del estadismo soviético, el que logrará la forma perfecta del arte inaugurado por Stalin. Pero el mérito de Leonardo fue hacer más bello a un arte bello. No se puede hacer lo mismo con lo horripilante. Eso es magia.

Ramón I. Centeno
El Barrio Antiguo, 21 de febrero de 2018.
Foto de Raúl Castro realizada en 2013 por Enrique de la Osa para Reuters. Tomada de Toronto Star.
Leer también: Raúl Castro, la culpa asumida y la justicia inmóvil.

jueves, 5 de abril de 2018

¿Se necesitará sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor para salir del desastre verde olivo?



La honestidad política vale su peso en oro. Por eso la historia valora en su justo contexto aquellas palabras de Winston Churchill, probablemente el más influyente estadista británico y europeo, cuando el 13 de mayo de 1940, en su primer discurso como Primer Ministro ante la Cámara de los Comunes, hizo suya una frase que se atribuye al entonces subsecretario de marina Theodore Roosevelt: “No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”.

El Reino Unido estaba siendo amenazado por la avasalladora maquinaria de guerra nazi. Polonia, Bélgica, Holanda y Francia apenas ofrecían combate a los carros blindados y cazas alemanes. Churchill no se anduvo con evasivas. Sacrificio y valentía era la única receta para obtener la victoria, finalmente lograda con el concurso de los Aliados cinco años después, el 9 de mayo de 1945.

Hablar francamente, parece lo más fácil, pero muchos políticos optan por los subterfugios. Sucede en Cuba. La revolución de Fidel Castro llegó al poder con un alto porcentaje de apoyo popular. Justicia social, democracia y mayor desarrollo económico eran sus promesas. Pero el guerrillero barbudo mintió. En seis décadas, el régimen que fundó no ha sido capaz de construir un país moderno y productivo.

A dos meses de que Raúl Castro elija a dedo un sustituto, llevando al castrismo a una nueva dimensión, el presidente de turno que será votado por el monocorde parlamento nacional, sobre la mesa no tiene un proyecto creíble de nación.

A la gente de la calle no le interesa ni motiva el relevo presidencial. No se comenta en las esquinas. No se privilegia a un candidato por encima de otro. No existe confianza en el próximo gobierno.

¿Puede ofrecer la nueva burocracia política opciones que ilusionen a los cubanos? José Manuel, ex profesor de preuniversitario y quien ahora se gana la vida a confeccionando sillones de mimbre, “no cree que el nuevo gobierno traiga nada bueno. Eso no es sorpresa. La prensa lo reitera todos los días. Lo que viene es una sucesión, pero sin estar al frente un dirigente con apellido Castro. Es decir, seguir con la 'actualización del modelo económico' hasta 2030, con el eslogan de un país próspero y sostenible y el discurso sin prisas, pero sin pausas”.

Los fines de semana, la zona del puerto colindante con barrios antiguos de La Habana, recibe gran cantidad de personas. Sheila, madre de dos hijos y peluquera particular, suele visitar La Maestranza, para que sus hijos “monten los aparatos del parque de diversiones y se distraigan un rato”. El sol pica. La brisa que llega de la bahía refresca un poco el calor del mes de febrero. Sentada en un banco de cemento, mientras a distancia vigila a los niños, Sheila asegura sentirse pesimista con el futuro de Cuba.

“Lo ideal es emigrar y probar suerte en otro lado. Puede irte bien o mal, pero no creo que se estará peor que en Cuba. Yo no tengo esa opción, no tengo familia en la yuma. Debo janeármela aquí. A mí me da igual al presidente que escojan. ¿Qué van a resolver? ¿Repararán las viviendas en Jesús María, Belén o Colón? ¿Subirán los salarios? ¿Bajarán los precios de los alimentos?", se pregunta. Ella lo niega con la cabeza: "No. Seguiremos con las penurias de siempre”.

La mayor parte de los cubanos no tiene un candidato favorito. Vladimir, junto a unos amigos, en un bar en divisas contiguo al Paseo del Prado, miraba en la tele el partido de la Champions entre los merengues de Cristiano Ronaldo y el PSG de Neymar. En plena efervescencia futbolera, ni pensar en preguntarle acerca del futuro presidente.

Tras la victoria del Real Madrid y luego de tomarse un par de latas de cerveza Cristal, Vladimir opina: "Lo que viene es un fraude. Todo está amarrado, brother. Ellos (los gobernantes) son como los Corleone, una mafia. No van a soltar el power así como así. Habrá que quitárselo y no creo que en la población haya cojones pa'tirarse pa'la calle y cambiar las cosas".

Rita, maestra jubilada, considera que debieran elegir una mujer. “Los hombres no han sabido resolver los problemas ”. ¿Cuál mujer?, indaga Martí Noticias. "No sé, por la televisión salen muchas candidatas. A mí no me gusta Mercedes (López Acea), la primera secretaria del partido en la capital, es muy poco femenina. Y Mariela, la hija de Raúl, sería seguir en las mismas. Se podría probar con Inés María (Chapman) la que dirige recursos hidraúlicos. Mi hijo, que trabaja en Aguas de La Habana, dice que ha realizado un buen trabajo. A mí me simpatiza ésa que es diplomática (se refiere a Josefina Vidal), que si fue capaz de sentarse y cuadrar la caja con los americanos, podría dirigir bien el país. No creo que Díaz-Canel dé la talla, hay algo en él que no me gusta, lo veo estirado, un poco postalita".

Un bicitaxista, oriundo de Santiago de Cuba, piensa que Lázaro Expósito, primer secretario del partido en Santiago desde 2009, podría ser un excelente presidente. "Es un hombre que habla de frente, no es corrupto y la gente de a pie lo sigue. Puede que ya en el cargo se encuentre amarrado de pies y manos por los militares y no pueda hace mucho, pero el tipo tiene agallas”.

A estas alturas del juego, la mayoría de los cubanos no se interesa por el candidato que los gobernará en los próximos cinco años. Incluso, ciudadanos despistados, se preguntan si 'el pueblo elegirá al presidente'. La desinformación, combinada con la apatía, es brutal.

Pero cualquiera que sea elegido, la coyuntura nacional e internacional le obliga a comportarse como un estadista. Venezuela, el aliado incondicional, es un auto sin freno. Obtener créditos económicos de Rusia a cambio de utilizar la isla como una marioneta o permitir concesiones en el terreno militar sería un juego peligroso. Endeudarse con China igual. Y en la Casa Blanca, Donald Trump, empeñado en su proyecto de hacer América grande otra vez, no tiene en su agenda negociar un nuevo trato con Cuba, a no ser que el nuevo gobierno cubano dé un giro político de 180 grados.

¿Qué opciones tiene a manos el próximo régimen? Se vislumbran tres escenarios posibles.

Primero, seguir jugando al gatopardismo (cambiar algo para que no cambie nada), es decir, cambiar las apariencias, pero en el fondo no cambiar nada, dejarlo todo igual o casi igual a como estaba.

Segundo, apostar por la economía de mercado, al estilo de China y Vietnam, sin temor a que un segmento de la población se enriquezca; abolir las trabas que impiden a los emigrados invertir en su patria y negociar con el exilio un nuevo proyecto de nación.

Tercero, continuar con el mismo delirio, como el de institucionalizar los descabellados experimentos de Fidel Castro. Mantener el discurso de corta y clava y el veneno vitriólico al 'imperialismo yanqui' y el capitalismo occidental.

Cualquiera que sea el camino prediseñado por el neo castrismo, la primera prueba de fuego sería hablarle con honestidad a los cubanos. Como hizo Churchill a los británicos en la primavera de 1940.

De lo contrario, para salir del desastre verde olivo se necesitará sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor.

Iván García
Foto de casa inhabitable en La Habana, realizada por Ana León y tomada de Cubanet.

lunes, 2 de abril de 2018

Quinielas sobre el futuro gobernante



"Lo que más a mí en estos momentos me preocupa, es terminar de construir la habitación de mi hija mayor que tiene previsto dar a luz una niña a fines de febrero", confiesa Eduardo, jefe de almacén de una panadería al oeste de La Habana, sin dejar de conducir su incómodo y minúsculo Fiat fabricado en la Polonia comunista.

El auto, con cuarenta años de servicio, avanza por el carril derecho de la calle Infanta. Atrás van quedando el antiguo Estadio del Cerro, la funeraria Nacional y el hospital pediátrico de Centro Habana. Eduardo dribla los baches y evita confrontaciones con los choferes de ómnibus urbanos, “los verdaderos reyes de la selva vial habanera. Ellos hacen lo que les sale de sus cojones”, asegura. Y con voz neutra detalla sus prioridades en la vida.

“Además de terminar el cuarto de mi hija y retocar la casa, quiero mantenerme como jefe de almacén en la panadería, lo que ahí me busco es el sostén de mi familia. Y, claro, tener en la cartera cuatro pesos, pa’darme unos tragos con mis amigos y vacilar con una jevita joven de vez en cuando”.

El actual proceso electoral en Cuba y los vaticinios sobre el próximo presidente, son temas que a Eduardo no le interesan. “Asere, esa muela me resbala. ¿Qué va resolver el que venga? ¿Qué cosa han resuelto los delegados del barrio o la Asamblea del Poder Popular? Los cinco héroes (así le dicen a los espías) se jamaron varios años en el tanque (cárcel) en la yuma (Estados Unidos). Para el sistema cubano, eso debiera ser aval suficiente. Pero a mí, la verdad, no me importa ninguno de los cinco: ocupen el cargo el que ocupen, no van a solucionar los problemas de la gente”.

Aunque académicos, especialistas y cubanólogos en el extranjero así como medios de la Florida siguen con lupa los protocolos oficiales de la hermética autocracia verde olivo -los cuales desembocarán en la elección del nuevo presidente de la República de Cuba-, las expectativas del cubano de a pie son extraordinariamente bajas.

Temo decepcionar al jefe de redacción y a los lectores. Pero en el círculo de personas donde me muevo, familiares, amigos y vecinos, no existe una pizca de optimismo al respecto. Todo lo contrario. Indiferencia pasmosa y pesimismo a granel.

Marta, ingeniera, dice en broma que esos temas le suben la presión arterial. “Aquí opinar de política es coger lucha por gusto. Cuando entro a internet, veo en la prensa de Miami el seguimiento que le están dando al próximo presidente. Hacen análisis, confeccionan listas de posibles presidenciables y se exprimen los sesos sobre lo que pudiera acontecer en el futuro. ¿Tú quieres mi opinión? No va a pasar nada. Ellos (los del régimen) han tenido todo el tiempo del mundo para cuadrar la caja y no lo han hecho. Y no ha pasado nada, porque el pueblo sigue en su 'invento', tratando de sobrevivir, y no se rebela ni se rebelará, pues diseñaron un gobierno a la medida de sus intereses. Da igual que pongan a Mariela Castro, Gerardo Hernández, uno de los cinco espías, o Miguel Díaz-Canel. Todos buscarán perpetuar la revolución”.

En 2002, en respuesta a la recogida de firmas del Proyecto Varela, iniciativa llevada a cabo por el disidente Oswaldo Payá Sardiñas, después de un remedo electoral, Fidel Castro decretó la “irrevocabilidad del socialismo en Cuba”, lo que quedó plasmado en la Constitución.

La displicencia y espíritu de zombi de un segmento amplio de los ciudadanos, no es óbice para que los cubanos no tengan sus propias ilusiones y deseen vivir en una nación moderna donde se escuche al soberano, al pueblo.

Para Germán, jubilado que sobrevive recogiendo dinero en la ilegal bolita (lotería), “hablar de elecciones es un chiste de mal gusto, porque la mayoría de la población no podemos elegir directamente al presidente del país. Lo eligen 600 y pico de diputados, todos militantes del partido comunista, el único existente”.

El 11 de marzo, la ciudadanía solo ratificará a los 605 candidatos a diputados a la IX Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular y cuyos nombres ya han sido divulgados. Luego, esos diputados elegirán un nuevo presidente.

Los 605 diputados fueron propuestos en las Asambleas Municipales del Poder Popular celebradas el 21 de enero. En las 'elecciones generales' que tendrán lugar el domingo 11 de marzo, alrededor de 8 millones de cubanos deben ratificarlos. Y el jueves 19 de abril, ya constituida la Asamblea Nacional, los 605 diputados serán los encargados de elegir al jefe del Consejo de Estado y otros altos cargos.

Según se ha publicado, un 40.6 por ciento de los 605 diputados son negros o mestizos; más del 86 por ciento ha cursado estudios superiores; 53.22 por ciento son mujeres; 13,2 por ciento tiene entre 18 y 35 años y el promedio total de edad de los diputados es de 49 años. Pero dar una mano de pintura oscura, convocar a un mayor número de mujeres y mostrar un retoque juvenil, no democratiza al legislativo criollo.

Raúl Modesto Castro Ruz, presumiblemente, mantendrá su cargo de primer secretario del Partido Comunista y aunque él dijo que solo se podrían ocupar cargos estatales hasta los 75 años (Castro II cumple 87 años el 3 de junio), un grupo de ancianos denominados ‘líderes históricos’, se mantienen en la lista de candidatos a diputados, como José Ramón Fernández, nacido en 1923, Faure Chomón (1929), Antonio Lussón (1930), Ramiro Valdés (1932), José Ramón Balaguer (1932), Joaquín Quintas Solá (1938), Ramón Espinosa (1939) y Leopoldo Cintra Frías (1941), entre otros.

“En la isla, la gente no confía en su parlamento. Desde que en 1976 se constituyó la primera Asamblea Nacional (la I Legislatura, 1976-1981, tuvo como presidente a Blas Roca, vicepresidente a Raúl Roa y secretario a José Arañaburu), todas las votaciones han sido unánimes. Los parlamentarios no hablan a camisa quitá de los verdaderos problemas ni de las aspiraciones del pueblo. Son unos bufones”, comenta Luis, taxista particular.

El culebrón electoral cubano está diseñado para el exterior. Una oleada de análisis, opiniones y pronósticos genera cintillos de prensa y expectativas en Estados Unidos y la Unión Europa, zonas geográficas donde en el futuro no muy lejano, el régimen aspira a mantener o crear alianzas primordiales.

La intención es vender hipotéticas reformas económicas, sin ceder en los principios políticos de un gobierno autocrático. La principal estrategia del relevo presidencial es tratar de invisibilizar el apellido Castro y negociar el desmontaje del embargo con el Congreso estadounidense ofreciendo posibilidades de inversiones y comercio.

Obsérvese que el coronel Alejandro Castro Espín, el típico policía malo, no se encuentra entre los candidatos a diputados. Optaron por elegir a su hermana Mariela, una especie de cara liberal de la revolución cubana.

"El juego es mantener a un Castro manejando los hilos, pero dentro de las alcantarillas del poder. En el exterior, las quinielas son variadas. Pero quienes conocen bien la realidad cubana, saben que si algo ha caracterizado al castrismo es que jamás improvisa y nunca deja los cabos sin atar", afirma un ex profesor universitario de ciencias políticas.

Hasta que se demuestre lo contrario, todo indica que Miguel Díaz-Canel será el próximo presidente, designado a dedo por Raúl Castro y la cúpula militar. Lo interesante será conocer hasta dónde llegará su autonomía.

Podría ser un calco de Dmitri Medvedev en Rusia. O de Osvaldo Dorticós, quien tras la renuncia de Manuel Urrutia, ejerció como Presidente de Cuba del 17 de julio de 1959 al 2 de diciembre de 1976. Un mandatario que ni pintaba ni daba color.

Iván García
Foto: Raúl Castro, Miguel Díaz-Canel y Bruno Rodríguez, entre otros. Tomada de Martí Noticias.
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jueves, 29 de marzo de 2018

Las drogas de los pobres en Cuba



Junto con el envase de parkisonil de color rojo, a 60 pesos (3 dólares) la tira de veinte pastillas, el vendedor, un tipo con pinta de hippy, a los clientes de confianza le regala un mapa en escala reducida del país al cual les gustaría viajar.

Bajo el estruendo de un rock metallica, que difunde un moderno equipo de audio, si eres un comprador VIP te permite “bajar los 'paquitos' con un trago de ron blanco. Yo siempre cojo un mapita de Jamaica, pues soy fan de Usain Bolt, el reggae y Bob Marley. Puede que sea sugestión, pero tú te concentras, y cuando se prende el vuele parece que estás caminando por un barrio de Kingston”, afirma Marlon, un moreno amante de la cultura rastafari.

En otro barrio de La Habana, en una ciudadela pobre de calles oscuras y a medio asfaltar, una señora con aspecto de abuela conservadora vende a treinta pesos el papelillo de metilfenidato. Sus clientes son generalmente jóvenes de familias pobres que los fines de semana, o un día cualquiera, inhalan el metilfenidato como sustituto de la cocaína.

“No es lo mismo, asere. La coca es otra cosa, sobre todo si es colombiana o peruana. Pero el gramo cuesta casi 100 pesos convertibles y el metil, cuando más, dos chavitos (cuc) el paquetico. El vuele tiene sus diferencias. Con la cocaína te pareces que tú eres el mejor del mundo y te sale una labia de un político de primera clase. El metil demora más en volarte, pero cuando llega el arrebato es riquísimo. Es familia de la anfetamina y te pone contento de la vida, men”, señala Rigo, desempleado, que bebe ron como si fuera un cosaco y traga metilfenidato como si fuera una aspiradora.

Mientras los músicos famosos y empleados del sector del turismo que suelen ganar una buena cantidad de divisas por concepto de propina pueden pagar el equivalente a 110 dólares por un gramo de cocaína, la clase más pobre, que es mayoría en Cuba, escapa del manicomio marxista y la falta de futuro, tomando cerveza y ron barato, sicotrópicos, marihuana cubana u otro medicamento que les cambie el cuerpo.

“La yerba local no es igual que la yuma (foránea), que es más poderosa. Pero mientras un taco de marihuana extranjera cuesta 5 fulas, una breva criolla vale 25 o 30 pesos. Es como la dipirona china, que para que te haga efecto tienes que tomarte dos, el enfory de aquí, pa’ que te prenda sabroso debes fumarte una mayor cantidad”, cuenta un marihuanero consuetudinario que vive al sur de La Habana.

Las personas que habitualmente consumen metilfenidato, sicotrópicos o marihuana criolla, aseguran que bajo el efecto de los estupefacientes dejan atrás todas sus preocupaciones. Se sienten diferentes, especiales.

“Ya no te importa que tienes solo una muda de ropa para salir y un par de zapatos. Que llevas una semana comiendo huevo y arroz blanco y que toda tu vida vivirás en la misma choza de mierda. Yo me endrogo pa’ no volverme loco. Eso sí, hay que tener tacto con el vicio. Pues si te pasa te enganchas”, señala Eusebio, recolector de materia prima.

Aunque el régimen cubano reconoce el auge de las drogas en la sociedad, suele minimizar su impacto y las causas. Entre enero y octubre de 2017, las autoridades incautaron más de cuatro toneladas y media de drogas, la mayoría marihuana.

Pero una fuente dijo que no toda la droga “que se ocupa se incinera. Una parte se roba y luego se comercializa en el bajo mundo. Es un negocio redondo. La mitad de una paca de cocaína de ganancia te deja cientos de miles de dólares. Con ese dinero se resuelve un montón de problemas en Cuba. No creas el cuento que solo los marginales y delincuentes trafican con drogas. Una parte llega de la incautada en recalos tirados al mar o decomisada por la Aduana”.

El 28 de diciembre, el diario Granma publicó un artículo donde denunciaba la adulteración de medicamentos detectada en el laboratorio farmacéutico Reinaldo Gutiérrez, ubicado en el municipio Boyeros. Sustituían el metilfenidato por un simple placebo. El periódico señalaba como culpables a una jefa de brigada, un operario, un jefe de turno y “estibadores de la empresa provincial minorista de medicamentos del Este".

Curiosamente, ningún directivo aparecía involucrado. Según el órgano del Partido Comunista, los implicados “recibieron en total sumas de efectivos superiores a 1,500 cuc”. La información de Granma se basaba en un detallado informe de la Fiscalía General de la República, e incluía una lista de hechos delictivos detectados en 2017, relacionados con la sustracción y el comercio ilícito de fármacos en diferentes entidades subordinadas a BioCubaFarma.

Con antelación, la prensa independiente en la Isla, había reportado robos y negocios en la red nacional de industrias farmacéuticas. Un ex directivo de un laboratorio farmacéutico en la capital, afirma que “las sustracciones de materia prima y medicamentos en esos laboratorios superan los diez millones de dólares al año, tal vez más. Son de las entidades estatales donde procede el metilfenidato y sicotrópicos, considerados drogas, que después se expenden ilegalmente. También es el embrión de un negocio de medicamentos prohibidos que se utilizan en gimnasios privados. El gobierno, igual que el marido tarrúo, siempre se entera tarde de las cosas”.

La autocracia verde olivo suele vivir de una narrativa prefabricada. Reconocer el auge de la prostitución, delincuencia, alcoholismo y drogadicción en Cuba sería aceptar que somos un país igual al resto. Y Fidel Castro erigió su régimen totalitario para marcar diferencias.

Iván García
Video: José Luis Perales, cantante y compositor español en No supo decir No.
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