viernes, 16 de febrero de 2018

La odisea del 4 de junio de 1994 (VI)



Mientras tanto, el arenero, con su valiosa carga de cubanos dispuestos a conseguir su libertad, se mantenía abriéndose paso entre la jauría de embarcaciones castristas, también decididos a detenernos al costo que fuera necesario. Antonio Fernández, integrante de nuestro grupo, fue alcanzado en su mano izquierda con un proyectil de calibre 22. “Estaba sujetando la baranda, cuando sentí un fuerte dolor acalambrado que al mismo tiempo me quemaba la mano. Cuando fui herido no atiné a nada, salí corriendo hacia el puente para recibir ayuda”, según nos contó mientras lo curaban.

Al llegar, vi su mano ensangrentada. Debajo de la piel amoratada y sanguinolenta, un objeto extraño y abultado se podía notar: el proyectil había quedado atascado entre los huesos y los tendones. De forma incontrolable su mano no paraba de temblar, por el tremendo dolor que estaba sintiendo. Se le limpió como se pudo y se le vendó la mano con unos pañuelos de tela limpia que de antemano se habían preparado para situaciones como ésta. Sentado en el piso, con la cabeza recostada a la pared, nos dijo: "Siempre habíamos escuchado historias de que los soldados cubanos dispararían contra cualquiera que intentara abandonar Cuba. Yo no lo creía y realmente nos los están haciendo”.

Antonio no paraba de hablar mientras terminaban de darle los primeros auxilios en su mano izquierda. Después lo vi bajar las escaleras del puente y a zancajadas correr hacia la cubierta y sumarse al grupo de resistencia. Los hombres dignos como él, en sus deseos de libertad, se entregan de tal forma que se olvidan de sus dolencias corporales. El 5 de junio de 1994, Antonio Fernández fue entrevistado por el periódico Sun Sentinel.

La historia que estoy contando no es más real solo porque hubo heridos o porque en ella se involucraron cuerpos militares estadounidenses y guardafronteras cubanos. Nuestra memoria no siempre es fiable, porque ella puede confundir la realidad con la fantasía. El ser humano tiende a distorsionar los hechos, de acuerdo a nuestros miedos, esperanzas o deseos. Pero lo ocurrido el 4 de junio de 1994 quedó impregnado en nuestro ADN de tal forma que estos pasajes quedaron grabados para siempre en lo más profundo de nuestra psiquis. Fue algo que superó nuestras emociones y quedó exento de cualquier riesgo de distorsión producida por el tiempo. Fue una odisea sobrehumana.

Fuimos sometidos a una confrontación directa y extremadamente fuerte por parte del castrismo. Y que pudo haber sido mayor pues esa madrugada, una flotilla de remolcadores asentada en la Bahía de La Habana fue movilizada y enviada para perseguirnos y detenernos. Pero debido al mal tiempo y la distancia, fue cancelada la misión y enviada de vuelta a su base. La flotilla, conformada por tres remolcadores de la serie Polargo, un mes después, el 13 de julio de 1994, en aguas de la bahía habanera, criminalmente masacró al Remolcador 13 de Marzo. Esa noche murieron 37 compatriotas. Diez de ellos eran niños.

Volviendo al René Bedia Morales. Una de las proezas más relevantes fue cuando los guardias de la cohetera trataron de brincar por la popa. De pronto, del grupo de personas que defendía la proa del moto arenero, ví correr como un bólido a Portuondo hacia el guinche de popa. Al llegar, arranca el cable de 440 voltios y con grotesco ademán, golpea el cable contra la baranda de popa al tiempo que grita "Si brincan los voy a electrocutar a todos". Los guardias que estaban a punto de saltar retrocedieron aterrorizados al ver que, producto del corto circuito del cable eléctrico contra la baranda de metal de la popa, del barco salieron enormes chispas que parecían fuegos artificiales.

Llevábamos unos 40 o 50 minutos y creo, no estoy seguro, que solo habíamos avanzado unas 8 o 10 millas del puerto del Mariel. Es que habíamos perdido tiempo de avance cuando el barco giró sur hacia tierra, debido al disparo que alcanzó a Andrés en el cuello. Pero seguíamos en nuestros puestos, seguíamos insistiendo en las comunicaciones. Era nuestra única esperanza: neutralizar al enemigo antes que nos lanzaran un cohete o hicieran algo horrendo para poder detenernos en aguas alejadas de la costa y de la vista del pueblo, que se mantenía observando desde el litoral y en los balcones de los edificios del Mariel

Mayday, Mayday, es la moto arenera René Bedia Morales! Mayday, Mayday, una y otra vez se repetía la llamada de emergencia sin lograr contacto alguno. Verificábamos la potencia de salida para cerciorarnos de que el equipo estaba funcionando bien. Definitivamente nadie nos escuchaba. Juan me recomienda subir la potencia de 5 a 40 watts, a ver si de esta forma lográbamos hacer contacto. Estaba dudoso de si ésa era una buena solución, y aunque el equipo fue concebido para trabajar bajo potencia máxima, se podía dañar al operarse al límite de su capacidad.

Pero no nos quedaba otra alternativa, intentarlo una y otra vez. Y había que hacerlo a como diera lugar, era nuestra responsabilidad y la única alternativa para conseguir la ayuda que tanto necesitábamos por los heridos. Todo en medio de aquel aislamiento, donde teníamos que arreglarnos solos en la lucha desigual que estábamos librando contra tropas castristas. Pero no quedaba otra alternativa que subir la potencia. Mientras, la calibre 50 seguía disparándole al puente. Y fue en ese momento cuando al finalizar el llamado de Mayday, un zumbido por encima del nivel de ruido de la frecuencia, comenzó a escucharse cómo aumentaba y disminuía su potencia. Era la señal de sintonía de un transmisor, alguien estaba sintonizando su equipo encima de nuestra frecuencia, alguien por fin nos había escuchado en medio de aquel holocausto. Juan y yo saltamos de alegría. No podíamos creer que ya dejaríamos de estar solos en medio de la nada. Por fin los heridos podrían ser atendidos.

Pero mientras todo esto ocurría a miles de millas, radioaficionados que nunca pensaron en una aventura como ésta, por cosas del destino iban a implicarse. De pronto el sonido de 1 Kilohertzio (kHz) de sintonía que estábamos recibiendo se apaga, y una voz a través de la bocina de nuestro transceptor se escucha: Adelante, moto arenera René Bedia Morales. Moto arenera Rene Bedia Morales. Esta es la Hotel, Papa, 1, Delta, Alfa, Víctor, Repito, Hotel, Papa, 1, Delta, Alfa, Víctor, operador Álvaro, cambio. HP1-DAV (Álvaro) y HP1-DCF (Carlos) eran radioaficionados panameños.

A las 1:37 de la madrugada del sábado 4 de junio de 1994, cuando estábamos por finalizar nuestra transmisión con los radioaficionados panameños, que habíamos modulado por frecuencia en el equipo de HF (High Frecuency), de repente recibimos un llamado de permiso. El colega que estaba llamando tenía un tono de desesperación y angustia.

“Permiso, permiso”, decía, pero no sabíamos de quién se trataba. Cuando Álvaro (HP1-DAV) le dio el pase para que se identificara, se reporta la estación venezolana YV5-JCB (Pedro Rodríguez). Entonces comentó que nos trasladáramos de inmediato a la frecuencia 7118.8 MHz, pues según HP1-DAV (Álvaro) había una llamada de urgencia suprema. Rápidamente giro el sintonizador de frecuencia (VFO) del equipo de radio y me detengo en 7118.8 MHz.

Ajusté mi transmisor y al llamado de auxilio le pregunté su identificación, y hacen saber que eran CM2-PJ Y CO2-JU, los dos Juan a bordo de la moto arenera René Bedia Morales, donde aproximadamente habían cien personas a bordo entre ellas mujeres, niños y personas mayores, que estaban siendo atacados con disparos de alto calibre y se encontraban a 8 y 12 millas del puerto del Mariel, que mantenían un rumbo a 15 grados NW, HP1-DAV (Álvaro) le dijo a HP1-DCF (Carlos) quien también se había trasladado a la frecuencia de emergencia. Carlos tomó el control y dijo que me va a poner en contacto con el Comando Sur del ejército norteamericano acantonado en las riberas del Canal de Panamá, para informarle de lo que estaba ocurriendo en el Mar Caribe a la embarcación René Bedia Morales.

HP1-DAV (Álvaro) se separa del equipo de radio y toma el teléfono, a un paso de donde se encuentra sentado en la estación de radioaficionados. La llamada fue al teléfono 104 (policía nacional). Me contestaron de la estación de policía del Parque Lefebvre. Expliqué lo que estaba sucediendo y me dieron el número telefónico 21-8813, pero marcaba y daba ocupado. Pero ya les había notificado mi número de teléfono y a los 3 minutos, de la estación de policía Parque Lefebvre, me llamó el cabo 2do (Luis Aparicio). Eran aproximadamente las 2:10 am (H.P), le expliqué todo lo que estaba pasando, y él me facilitó el teléfono 81-1212, el número de la base militar en Fort Clayton.

Juan Felipe

Foto: Casa donde Juan Felipe y su familia vivían en Regla. La torre que se ve en el techo era de su antigua estación de radio CO2JU. También se ve la antena direccional para 2 Mts que instaló en 1990. Tomada de su Facebook.

miércoles, 14 de febrero de 2018

La odisea del 4 de junio de 1994 (V)



Nuestra actitud dejó bien claro a los sicarios de la dictadura que no nos podían arrebatar nuestros valores morales ni nuestras ideas de libertad. Esto marcaba una gran diferencia entre ellos y nosotros. Llegó un momento que nuestra moral aumentó tanto, que las descargas de sus armas de calibre pesado contra el casco del René Bedia Morales no nos infundían miedo y no influían en nuestra decisión de morir o vivir en libertad. Esto nos ayudó a cambiar el panorama. Nuestra gente, hombres, mujeres, niños y ancianos se parapetaron en la cubierta del arenero con cuanto objeto encontraron en su camino, para obstruir el abordaje de aquellos salvajes sicarios. Ahora eran ellos los temerosos pues sabían que no daríamos marcha atrás y que ante la opinión pública internacional, una masacre se convertiría en un testimonio contra un régimen sangriento.

Dentro de las embarcaciones fidelistas se percibían divisiones. Entre los jóvenes reclutas que estaban siendo empujados a masacrar a su propio pueblo, empezaban a germinar otros comportamientos. Las protestas entre ellos evidenciaban que estaban desmoralizados. Ya la moral de los jefes de los guardafrontras había empezado a resquebrajarse y se produjeron insubordinaciones, guardias que se negaban a cumplir alguna orden.

Con un lenguaje preciso, suscinto y claro, la dirección del grupo al resto del colectivo le comunicamos la decisión que habíamos tomado: de que lo que lo que nos habíamos propuesto, era verdadero e incuestionable. Todos estuvieron de acuerdo. Fue un afirmación unánime, una expresión rotunda y positiva que se formulaba desde lo más profundo de nuestro ser. Consolidábamos así lo que habíamos acordado cuando decidimos irnos al exilio. De que “para atrás ni para coger impulso”. En ese momento, las palabras e ideas que cruzaron por nuestras mentes fueron muy importantes y valiosas. Aunque en verdad, a excepción de nosotros mismos, ese presente incierto y angustioso era lo único que teníamos y por eso debíamos mantenernos firmes y tener bien claro el rumbo predestinado desde el principio, cuando nos pusimos todos de acuerdo para abandonar la infrahumana represión castrista. Las ideas que cruzaron por nuestras mentes apuntalaron la convicción de que todo ser humano debe librar una lucha interna para salir victorioso de ese amasijo de conflictos y emociones que componen la existencia humana.

Nuestro coloquio mental reafirmaba nuestra determinación de no querer vivir más en el terror, dejar de ser perseguido por el mero hecho de querer darle una mejor alimentación a nuestros hijos, por querer expresarte libremente y desear vivir de acuerdo con tu religión y tu criterio político, de trabajar para obtener beneficios personales. Eran algunos de los pensamientos que teníamos sobre una idea bien definida: vivir en libertad o morir. El viejo adoctrinamiento recibido desde nuestro nacimiento, lo habíamos borrado para siempre. Y los nuevos pensamientos que habíamos interiorizado, se habían apoderaba de todo nuestro ser. Ya para nosotros no habría más represión ni más miedo. “Seguiremos defendiendo este pedazo de territorio libre”, gritó una voz.

De nuevo miré hacia afuera, a través de la ventana. Era como en las películas de Hollywood, el humo y las luces de los guardacostas, con sus matices de sombra, formaban un escenario confuso donde dos grupos, uno, pretendiendo perpetuar la miseria humana, el caos, la represión y la longevidad de un sistema arcaico y decadente, y el otro, compuesto por personas de pueblo, sencillas y humildes, tratando de huir de la oscuridad que envolvía a su país, donde lo principal son sus gobernantes y su régimen totalitario, violadores sistemáticos de los derechos humanos de sus conciudadanos. Regresé a la realidad y vi que a través de las ventanas del moto arenero, estaba siendo iluminado tenuemente por las lanchas castristas. En ese momento me sentí como un actor en medio de un vibrante monólogo interno que se mantenía absorto en una escenografía onírica. También observé que las tropas élites del régimen se componían de unos 40 efectivos aproximadamente, y nuestro grupo de 64 personas indefensas, luchando y defendiendo la cubierta de nuestro barco, sin recursos ni armas, contra masacradores despiadados.

Todo esto me permitió, por un instante, aislar mis pensamientos y concentrar mi atención sobre determinados hechos que se generaban en la cubierta entre los guardias y nuestra gente y me di cuenta de la mucha adrenalina que había en nuestra gente, de donde emanaba una energía y una euforia tan grande que era totalmente contagiosa.

Estaban todos como en un trance, se movían en la cubierta del barco como los antiguos romanos, se combatía en grupos uno al lado del otro, cubriéndose entre sí, para no dejar espacio por donde pudieran saltar los sicarios. No importaba si era mujer, joven o viejo, cada uno se parapetó en la cubierta, sosteniendo en sus manos cuanto objeto había encontrado. Si trataban de brincar por estribor, los nuestros corrían a estribor. De esa forma le enviaron un mensaje rotundo a los guardias: si brincan, los vamos a llevar pa' Miami. A estos valientes hombres en sus rostros se les veía la determinación de defender cada palmo de nuestro barco, sus ojos tenían esa mirada aguda típica de un animal acorralado que tiene que dar toda su bravura para defender su vida y la vida de su manada.

Juan Felipe
Fotocopia del relato publicado en 1994 en El Nuevo Herald. La niña es Yindrys Felipe Rodríguez, hija mayor de Juan Felipe y su esposa Dolores Rodríguez.

lunes, 12 de febrero de 2018

La odisea del 4 de junio de 1994 (IV)



Mientras veía a Andrés desangrándose, tuve extraños pensamientos, sobre hombres que de alguna manera tendían a replegarse, a encontrarse a sí mismos a consecuencia de sus propias necesidades, miserias personales y espirituales que durante años han ido acumulando. La revelación de la antipatía al régimen indicaba que cada cual era víctima de su propio encierro en un micromundo existencial y en un asfixiante clima en el cual ya no tenían espacio la demagogia de ideales revolucionarios como los del castrismo fidelista. El vínculo con esa ideología ya estaba roto. La doctrina del odio hacia los que pensaban diferente no dio resultado en estas 64 personas apolíticas que solo querían vivir en libertad.

El egoísmo y el odio son incompatibles con el amor al prójimo. El egoísmo y el odio acumulado en el corazón le arruina la vida a los llamados revolucionarios y también a quienes les rodean. Estos revolucionarios son fieles seguidores de la doctrina del fracaso y la miseria, distribuidores conscientes de envidia y animadversión hacia sus semejantes. Su principal rival es la cordura, la armonía y el amor. Porque sin dudas, el amor entre los seres humanos quiebra la maldad y logra triunfar, al ser el sentimiento más limpio y puro que avala lo que por naturaleza somos. Y ese sentimiento se había puesto de manifiesto al ver a uno de nosotros caer herido.

En ese momento, el barco giró hacia tierra, al quedar a la deriva por su timonel herido y se podían ver las luces de los edificios situados al este de la salida de la Bahía del Mariel. Fue el momento más aterrador para nosotros, constatar cómo año y medio de riesgos y tensiones, planeando toda la operación de salida, se podía ir a pique. Una gran desilusión se apoderó de todos, al ver que la embarcación regresaba a tierra. El tiroteo había despertado a los moradores, quienes al igual que en la antigua Roma, iban a presenciar nuestra ejecución. El barco estaba a punto de zozobrar. Se podían ver los arrecifes a lo largo del litoral.

Elio, el otro timonel, en una rápida acción, se arrojó al timón y con gran astucia, maniobró para poder sacar al perezoso navío de los bajos y peligrosos escollos. Fue muy arriesgado sacar la embarcación de donde iba a encallar, pero el fuerte viento y la popa a barlovento nos ayudó. Y el arenero, con movimiento lento y majestuoso, dió un giro de 180 grados y su proa apuntó de nuevo al norte. Elio permanecía aferrado al timón, sus manos se fundían con su empuñadura y sus pupilas abiertas en la oscuridad, como un lobo de mar, escudriñaban el océano que se abría de nuevo delante de nuestros ojos. Volvimos a respirar, aunque seguían las ráfagas de armas automáticas provenientes de las lanchas pequeñas que continuaban en acción. Cuando los guardacostas cubanos vieron la embarcación girar a tierra, dieron por hecho nuestra derrota. Creyeron que nos habían intimidado, que nos habíamos acobarbado. Pero más asombrados debieron quedar cuando Elio retomó el control y nuestra proa enfiló de nuevo rumbo al norte.

Para protegerse y no le pasara lo mismo que a Andrés, Elio decidió acostarse en el piso y con una mano maniobrar el timón del barco. Mientras, Mario, el patrón, subía al techo con una linterna y desde allí se las ingeniaba para ver lo que quedaba del compás de navegación, pues el resto del instrumento había sido despedazado por los disparos y poder gritar para el puente las órdenes de mando y el rumbo. Esa maniobra desvió la atención de los guardias de las lanchas que se mantenían cruzando y descargando sus AK-47 contra el frente del arenero. Algunos de ellos empezaron a dispararle a Mario como si fuera un tiro al blanco.

Fue entonces cuando se sintieron una serie de golpes estremecedores, como si le estuvieran dándole con una mandarria a las planchas del puente de mando. De las paredes interiores salían pedazos encendidos de la madera que formaba la insolación del puente de mando. Juan y yo nos encontrábamos protegidos, acostados en el piso, al lado del equipo de radiocomunicación. Tuve que taparme los oídos con las manos, por el sonido irresistible del impacto de calibre pesado contra las planchas de acero. El humo, el olor a madera quemada y metal caliente era lo que se respiraba. En un momento, Elio me dice: "Creo que me dieron, porque no me siento de la cintura para abajo". La calibre 50 seguía peinando el puente y bajo una lluvia de esquirlas encendidas que caían, me arrastré hasta donde estaba Elio, extendido en el suelo y sujetando el timón con su mano izquierda. Al llegar, arrastrado, empecé a revisarlo en medio de la oscuridad, solo alumbrada por los reflectores de los guardacostas cubanos. Tenía una herida en los testículos. Al parecer, una bala de AK le dio de rebote en la zona de la próstata. "No siento nada, estoy entumido para abajo", me dijo Elio. Pero allí permaneció, asegurando el gobierno de la nave. Entre tanto, el resto de la dirección del grupo seguíamos cumpliendo las tareas que en los distintos puestos nos habían sido asignadas. Volvíamos a trabajar según el plan, a pesar de dos heridos graves y de toda la metralla que estábamos recibiendo.

Las tropas élites del régimen continuaban acercándose demasiado a nuestra embarcación, al punto que casi podían brincar de una cubierta a la otra. Pero gracias a la destreza del único timonel que nos quedaba, herido, pero consciente y en condiciones de seguir maniobrando la embarcación bajo la dirección de Mario -desde el techo impartiendo las órdenes-, con nuestro barco embestíamos a las patrulleras castristas, logrando que se separaran y evitando el abordaje a cualquier precio. Bajo aquellas circunstancias, la dirección del grupo se reunió. Estábamos conscientes de que nuestras decisiones tenían que ser un ejemplo para las personas que habían confiado en nosotros y que desde la creación del grupo, unos meses atrás, permanecían unidas y firmes. Llegamos al unánime acuerdo de que el arenero no regresaría a Cuba, a no ser que a todos nos mataran. Se cantó el himno nacional. Por 'banda de música', tuvimos el sonido de las balas impactando sobre el casco de la embarcación.

Juan Felipe
Fotos en un mural del Hogar de Tránsito para Refugiados Cubanos, más conocido como La casa del balsero cubano, en Miami. Se ven algunas imágenes de la tragedia vivida por las 64 personas que el 4 de junio de 1994, por la Bahía del Mariel, lograron escapar de Cuba. Uno de ellos es Andrés, el timonel que recibió un disparo de AK-47 en el cuello, su operación duró siete horas en un hospital militar. Elio, el otro timonel, recibió un disparo en la zona de los genitales. Al que se ve en el centro de la foto en una camilla, con sueros y una mano vendada, le dispararon a quemarropa con una pistola, la bala se ve en la parte inferior. Al muchacho acostado con la pierna enyesada le dieron un tiro en una pierna. Las peores heridas no se ven: quedaron en sus mentes.

viernes, 9 de febrero de 2018

La odisea del 4 de junio de 1994 (III)


Odio revivir estos recuerdos, contar dramáticos sucesos ocurridos hace más de dos décadas. Pero nosotros no fuimos los primeros: varias generaciones de cubanos han vivido situaciones iguales o peores intentando escapar del genocidio fidelista. Unos lograron escapar al principio, otros en años posteriores. Escribir sobre el humo blanquecino con olor a pólvora emanado por ráfagas de AK47 sobre individuos desarmados que desesperadamente trataban de huir de una dictadura que le fue impuesta el 1 de enero de 1959, me provocan tristeza y dolor. Pero a medida que he ido escribiendo, me he dado cuenta que siempre he sido un hombre libre y nunca me sentí esclavizado por una doctrina. Necesito contarlo para que los protagonistas no sean olvidados. Dejar el testimonio de cómo 64 personas desarmadas estuvieron dispuestas a morir por su libertad. Denunciarlo para que los criminales no queden inmunes.

La oscuridad y el mar agitado seguían siendo nuestro mejor aliado. La luna no se veía, había desaparecido por completo. El mal tiempo empeoraba y la fina lluvia cortaba el rostro. Los relámpagos daban la sensación de que la tempestad estaba a favor de nosotros. Parecía que también se estaba librando una batalla en el cielo entre el bien y el mal. El vaivén de las embarcaciones no les permitía a los sicarios del régimen pegarse con facilidad a nuestro barco para abordarlo. El oleaje, que para nosotros no era un problema, debido al tamaño del arenero, para ellos sí lo era y no podían arrimarse mucho, pues podían meterse debajo de nuesto barco, por el vacío que se forma entre dos embarcaciones que se unen en marcha. Nos dimos cuenta que ése era su talón de aquiles y su mayor temor.

Mientras ráfagas de calibre pesado impactaban sobre el puente, las dos lanchas pequeñas se le cruzaban por delante al arenero, peinando con descargas de AK-47 todo el frente del puente donde se encontraba el timonel Andrés. Las balas daban en las ventanas, en el casco... El visor del compás de navegación situado dentro del puente, donde se reflejaba la rosa náutica que estaba en la parte superior del techo de la embarcación, fue destruido totalmente. En aquel instante, la estación de radio dejó de recibir señales estáticas y ruidos de la frecuencia. Pensé que había sido dañada y enseguida Juan y yo nos pusimos a buscar el defecto y nos percatamos que un proyectil de AK-47 había partido el bajante de la antena que venía del techo, casi justo por encima de nuestras cabezas. Rápidamente, en medio de la penumbra, con los dientes, pelamos el cable y lo empatamos. La radio volvió a funcionar.

La fuerza de la naturaleza seguía estando en contra de los esbirros del castrismo. Eso nos permitía sacar ventaja, era el karma de aquellos aniquiladores de ensueños. Debajo de la copiosa lluvia y sin pensarlo dos veces, los hombres, mujeres y niños siguieron defendiendo la cubierta del arenero de posibles abordajes. De vez en cuando paraba de llover, pero los relámpagos aumentaban su espectáculo de luces en el cielo. A pesar del caluroso verano, típico del mes de junio, la ropa empapada por la lluvia y la frialdad de la noche nos afectaba mucho. La humedad no solo calaba hasta los huesos, si no que aumentaba a medida que avanzaban las horas.

La lluvia, los relámpagos y los fuertes truenos que a ratos se escuchaban, no impedían que el arenero siguiera abriéndose camino entre el cerco que le habían hecho las lanchas guardafronteras. Al mal tiempo se unían las ruidosas descargas de fusiles automáticos y los gritos de las personas que se encontraban en la cubierta de la embarcación, corriendo de un extremo al otro, unos desorientados y otros atemorizados, tratando de impedir que los guardias brincaran a cubierta. Mientras en silencio contemplaba la dantesca escena, de pronto me pareció como si todo se moviera en un filme cinematográfico lentamente proyectado. Lo fatídico procedía de un lente atrevido e indiscreto, el que captaba entonces mi pensamiento y ahora mi pluma. Aún hoy, aquella escena remueve profundamente mis emociones. Al recordarla, me lleno de confianza y de optimismo, con aquella gente llena de coraje y valentía, y al mismo tiempo, con una gran ecuanimidad.

Varias mujeres cogieron almohadas y las cubrieron con pañales, para que parecieran niños recién nacidos e intentar así persuadir a los guardias y dejaran de disparar. Gritaban desesperadas, llenas de terror, con bebés y los supuestos recién nacidos en brazos. Pero eso no cambió la dureza despiadada de los guardafronteras castristas, que no sintieron la más mínima piedad por esas mujeres ni por las madres que trataban de proteger a sus criaturas entre gritos y llantos infantiles. Pese al ruido de las armas automáticas que disparaban los guardias contra el puente de la embarcación, mujeres, niños y hombres se mantenían corriendo de un extremo al otro para proteger aquel pedazo de territorio libre. A ello se sumaban los truenos y las rugientes estampidas de los motores del arenero, tratando de mantener en movimiento nuestra embarcación. A las sombras de la noche se unían los reflectores de los barcos de la dictadura. La situación se fue tornando cada vez más dramática e intensa.

Las imágenes que vimos en aquel momento fueron lo más terrible que hubiéramos visto alguna vez en nuestras vidas. Vidas que se habían dedicado a sobrevivir dentro de la miseria que envolvía al país. Ninguna de las 64 personas que nos encontrábamos en el barco, jamás pensamos que viviríamos algo tan aterrador. Más allá del horror, debo reconocer que fue admirable el comportamiento instintivo adoptado por todos. Una gama de recuerdos pasaban por nuestras mentes, como cintas magnetofónicas que en vez de voces y canciones, registran patrones de comportamiento. Nacer, crecer y convertirte en un adulto bajo un sistema represivo, mentalmente a uno lo inhabilita para superar situaciones como aquéllas. Doy marcha atrás a mi memoria y me veo niño, con una pañoleta roja alrededor del cuello. Todo era programado, no había espontaneidad ni libertad para decidir y escoger. Esa obligatoriedad provocó que nos sintiéramos frustrados, incapaces de hacer esto o aquello, creer que muchas cosas no las podíamos hacer o no teníamos derecho a hacerlas por iniciativa propia.

El miedo y la duda es el motivo principal de una derrota. Y eso es lo que el enemigo estaba buscando, desestabilizarnos, aterrorizarnos con la pérdida de Andrés, el primer timonel, que había sido gravemente herido.

A eso de la 1:55 de la madrugada, Andrés gritó “me dieron, me dieron”, aguantándose el cuello. Vacilante, caminó unos pasos y cayó dando vueltas por la escalera que baja del puente hacia el comedor de la embarcación. Yacía boca abajo, sobre el piso mojado del comedor, al pie de la escalera. Estaba inmóvil, pero no totalmente inconsciente. Su cuerpo se estremecía por los espasmos que le provocaba la herida de bala en el cuello. Andrés tenía unos 40 o 45 años, mulato, no muy robusto, persona humilde y amable, perteneciente a la clase trabajadora. Vestía ropa oscura y su camisa de mangas largas estaba desabotonada. Desde la garganta, pasando por el pecho, se podía ver el lento y resplandeciente brillo de la sangre que brotaba de su cuello. La piel tostada de su cara y su pelo encaracolado estaban empapados de rojo. Personas que se encontraban protegiéndose de los disparos, lo acostaron en la mesa del comedor y lo taparon con una colcha. La sangre que brotaba de su cuello dejaba claro que la vida se le estaba escapando.

La angustia y el dolor apareció en el rostro de quienes trataban de auxiliarlo, poniendo sus dedos en la herida para detener la pérdida contínua de sangre. Andrés seguía en un estado de conmoción, la expresión de su rostro era de profundo dolor, sus pupilas desorbitadas dejaban ver el sufrimiento interno por el que estaba pasando. Su respiración se agitaba y su tez mulata empezaba a palidecer. Los músculos de la cara temblaban e intentaba decir algo. Entre balbuceos y las voces de las personas que trataban de ayudarlo, llegué a entender sus palabras: “No se detengan” . Instantes después cayó en un estado inconsciente.

Juan Felipe
Foto: Tormenta sobre el mar. Tomada de internet.

miércoles, 7 de febrero de 2018

La odisea del 4 de junio de 1994 (II)



A la luz de los breves relámpagos, se desataron las amarras del arenero René Bedia Morales y se empujó suavemente hacia la bahía, hasta que se separara de la otra embarcación que también se movía, a pesar de sus amarras a las bitas del muelle. Ese movimiento, producido por el mal tiempo, disimulaba cualquier sospecha de lo que se estaba haciendo. Fueron minutos de gran paciencia y mucha angustia. Mientras, Mario, Elio y Andrés, recogían los cabos que se habían soltado y trataban de limpiar de obstáculos la cubierta donde se libraría nuestra resistencia a los ataques castristas. El viento y la fina e intermitente lluvia hicieron que la visibilidad fuera disminuyendo, viéndose cada vez más borrosas las luces al otro lado de la Bahía del Mariel.

Poco a poco, el arenero fue separándose y a unos 20 metros de la otra embarcación, se puso en marcha una máquina en bajas revoluciones y se dio máquina atrás, hasta lograr separarnos lo suficiente del Pedro Véliz Hernández y poner en marcha la segunda máquina. Aparentemente, todo permanecía tranquilo. Nadie notó la maniobra del arenero, que orientó su proa hacia la salida de la Bahía del Mariel.

Una gran preocupación era no levantar sospechas mientras navegábamos por dentro de la bahía, ya que si nos descubrían podían atravesar alguna embarcación en el canal y obstruir el paso, para no dejarnos salir, porque la salida del Mariel es muy angosta y cualquier cosa pudiera entorpecer el paso. Por ello, una vez que nos separamos bastante del muelle de la agrupación arenera, decidimos encender las luces e ir con los motores a bajas revoluciones rumbo a la salida, que era donde estaba el Muelle de Capitanía y siempre tenía postas con guardias en las garitas. Pero como era costumbre que los areneros llegaran de madrugada al Muelle de Capitanía, se amarraran y esperaran a la mañana para hacer la revisión de rutina que los guardafronteras realizan a los barcos antes de salir, usamos esa costumbre como pretexto. De modo que los guardias de capitanía no se extrañaran cuando vieran el barco venir rumbo a la salida. Eso nos permitiría poder acercarnos y ganar el mayor tiempo y espacio posibles.

A medida que se iba cumpliendo cada renglón del plan, eran menos las preocupaciones. Ya estábamos rumbo a la salida, habíamos superado las maniobras preliminares con sorprendente éxito. Pero no dejábamos de tener ese temblor y esa sensación de dolor en la boca del estómago. Teníamos las frentes humedecidas, se olía un sudor agrio despedido por algunas axilas, la ropa estaba mojada, no solo por la ardua labor y la llovizna, también por los nervios, algo inevitable. Todos sabíamos que en cuanto el arenero pasara por Capitanía y no parara, un vendaval de proyectiles caerían sobre nosotros. Pero había que hacerlo aunque se tuviera miedo. Es la diferencia entre el valiente y el cobarde. Esa valentía era el resultado de nuestras ansias de liberar a nuestras familias y de liberarnos nosotros de la imposición de una dictadura.

A bordo, todo estaba listo para el enfrentamiento. La estación estaba encendida y sintonizada en 7118.8 MHz frecuencia poco usada por radioaficionados cubanos, lo que nos permitía que nuestras transmisiones no fueran detectadas en sus inicios en Cuba y no la interfirieran. El arenero siguió su marcha firme y suave, atravesando las tranquilas aguas de la bahía. La brisa del sur este había aumentado, pero no nos afectaba, más bien nos ayudaba. Estábamos listos, teníamos agua fresca y los tanques llenos de petróleo suficiente para la travesía. Días antes, el barco había sido abastecido con todos los suministros y lo habíamos puesto a trabajar de día en la zona del Mosquito, a la derecha de la salida del Mariel.

A una media milla de la salida de la bahía, los reflectores de las garitas de guardafronteras nos alumbraron. Bajamos más la velocidad e hicimos como si estuviéramos maniobrando para pegarnos a su muelle. Dos marineros, junto a Portuondo, salieron a cubierta, a preparar los cabos como si fueran a amarrar el barco cuando se pegara al Muelle de Capitanía. Como seguíamos alumbrados desde lejos por los reflectores, Portuondo le dió indicaciones a los marineros, para que tomaran sus posiciones en la cubierta junto a las bitas y de esa forma despistar a los guardias de las garita. Bajamos la velocidad, el barco, con un desplazamiento lento, se va acercando cada vez más,. Nos siguen alumbrando, pero creen que es una maniobra rutinaria, que nos vamos a quedar allí. Nuestros corazones laten aceleradamente, la respiración se agita. Seguimos de pie, cada uno en su puesto, esperando el momento de la colisión, que se acercaba. O seguimos o paramos.

“Tres cuartos de máquina adelante”, grita con voz autoritaria Mario, el patrón de la nave. Las manos robustas de hombre de mar de Andrés, empujaron sin misericordia los dos aceleradores del barco. Las máquinas, con sonido de trueno, dominaron aquel perezoso que apenas estaba sin movimiento. Dos chorros enormes de agua brotaron de las propelas, formando un manto de espuma en el mar como el velo que una novia tira al viento. Los AK-47 de las dos postas de guardafronteras empezaron a cantar sus melodías. Mientras soltaban al aire los proyectiles de sus cargadores, a través de altoparlantes nos dieron la orden de detener la embarcación. Estábamos a unos 400 pies de la salida de la bahía, el Muelle de Capitanía iba quedando atrás, las garitas apenas se percibían, salvo las luces de sus reflectores. Ya se podía ver cómo se abría el litoral. El ruido de las ráfagas de los AK-47 proveniente de las garitas se escuchaban a lo lejos, cuando de pronto aparecieron dos lanchas rápidas pequeñas, demasiado rápidas, con tres o cuatro guardias en cada una y quienes con sus AK-47 le tiraban al puente del barco, al tiempo que nos decían que no nos íbamos a escapar a ninguna parte. Todo esto acompañado de consignas marxistas y revolucionarias, mientras el arenero, metro a metro, iba ganando mar adentro, escurriéndose entre la oscura e inhóspita noche lluviosa.

Ya el litoral lo teníamos a popa, ya se conformaba toda la costa. Andrés, conocedor de aquella zona, se guiaba por las tenues luces de las casas en tierra. La franja costera se divisaba con claridad desde el puente. A pesar del mal tiempo, se veían también algunas de las luces de los edificios que iban quedando a nuestras espaldas. Ese primer encuentro con los castristas nos dejó desorientados, estupefactos. Nos quedamos callados, esperando recuperarnos del shock. Hasta que una ola rompió en la proa, estremeció el barco y mojó todas las ventanas del frente del timonel que se encontraba en el segundo piso, no nos habíamos percatado de que el mar estaba picado. Estaríamos a un par de millas mar afuera -el resplandor de la luna salía de entre las densas nubes que colmaban el cielo-, cuando de pronto de la oscuridad aparecieron dos guardacostas cubanos y una cohetera, que se posicionó en la popa de nuestra embarcación. A los lados, los guardacostas, que parecían colmenas llenas de avispas queriendo saltar a nuestro barco.

Se seguía escuchando el tableteo de los AK-47. Una nube de humo y olor a pólvora aromatizaban el ambiente. Mientras, nos seguían gritando consignas comunistas, palabras obscenas y morbosas, sin importar la presencia de mujeres y niños. Nos lanzaban granadas de humo. Nos humillaban diciéndonos escorias, basuras, gusanos, esbirros, traidores: los mismos calificativos denigrantes que siempre ha utilizado el castrismo hacia quienes no simpatizan con su revolución. Se aguantaban sus partes genitales y decían que por sus cojones no nos iríamos. Nos lanzaban destornilladores, pedazos de metal, tornillos, cuanto objeto encontraban a mano. Estaban medios desnudos, en calzoncillos y descalzos, no sé si ese era su disfraz de abordaje o no tuvieron tiempo de vestirse. El vocabulario y su apariencia dejaban mucho que desear, al tratarse de miembros de un ejército. Ni los piratas antiguos ni los modernos tenían el aspecto de unos militares que parecían salvajes sedientos de sangre y violencia.

No podíamos creer que ya estábamos fuera de la Bahía del Mariel rumbo a Estados Unidos. Ya no había marcha atrás. Cada minuto nos alejaba más de la tierra donde habíamos nacido. Cada minuto nos adentrábamos más en un viaje impredecible, una travesía casi imposible de realizar, debido a la fuerza armada con la cual contaban los fidelistas. Pero había que seguir adelante, ya no podíamos retroceder. En la medida que nos íbamos alejando y adentrando en ese mar oscuro y movido, en mi mente surgieron recuerdos. Mi vieja casa, mis padres, mis hermanos, los juegos con los amigos en la infancia. No lo sentía como un adiós, si no como una canción de cuna que junto al viento susurraba en mis oídos y me decía que iba dejando atrás mi patria. Todo lo querido me lo llevaba muy dentro conmigo.

Frente al macabro enemigo, teníamos que tratar de no equivocarnos y no cometer errores, teníamos que intentar pensar serena y objetivamente, de modo que no nos impidiera la creatividad y la innovación a la hora de solucionar situaciones que se presentaran en esta lucha desigual. Una serenidad que nos posibilitara cambiar estrategias, decisiones y formas de actuar. Y que en la adversidad nos permitiera enfocarnos en lo certero y positivo.

Poder reinventarse en circunstancias extremas, como las que estábamos viviendo, fue un proceso que contribuyó a que buscáramos alternativas y superáramos lo que en cada momento nos sucedía sin desviarnos del objetivo principal. Nos ayudó a cerrar etapas pasadas de nuestras vidas y a no revivir aspectos negativos que podían bloquear nuestros pensamientos y fracasar en lo que nos habíamos propuesto. Cuando el ser humano se reinventa, puede solucionar las situaciones que la vida le va presentando, descubrir la realidad objetiva que en ese instante está viviendo y desentrañar la esencia positiva de sus actos. En esas cruciales horas, mis meditaciones aumentaban.

Gracias a Dios, hasta ese momento, todo estaba fluyendo según el plan de escape que previamente y de forma unánime se había diseñado más de un año atrás. Casi no podía creer que todo lo que estaba pasando lo pudimos anticipar desde el comienzo, cuando incluso todavía nos teníamos miedo unos a otros, a pesar de la amistad y los años de trabajo en aquellos barcos areneros. Ese recelo era el resultado de la maquinaria represiva de un gobierno que desde sus inicios en 1959, había sembrado la desconfianza y la división entre la población y entre las familias. Creyeron que así evitarían que ciudadanos no adeptos a su sistema, se pudieran agrupar y ponerse de acuerdo en contra de ellos. Habían logrado hacer efectiva la frase célebre de Julio César: "Divide y vencerás".

Miré hacia la escalera y vi a Luis, que venía subiendo del cuarto de máquinas. Y mi mente se remonta al día que me acerqué a Luis y le dije que le tenía una propuesta. Confiaba en él, sabía que no era informante del régimen y nunca dudé de sus valores como persona y amigo. Aquel día, bajo el sol del mediodía, le dije: "Luis, si por una casualidad te enteras o si piensan ustedes llevarse un arenero para Estados Unidos, me avisas, no me dejes fuera. Tengo mi equipo de radioaficionado que nos pudiera sacar de un buen apuro". Luis se sonrió, me miró como interrogándome, se viró, miró a su alrededor, y al volverse me dijo: "Felipe, de dónde tu sacas eso, tú estás loco, cómo nos vamos a llevar un arenero para Estados Unidos". Pese a su sonrisa, había mucha seriedad en sus palabras.

Por dentro me quedé frío, al darme cuenta de la envergadura de mis palabras, y porque no esperaba que Luis me respondiera así, sabiendo que no simpatizaba con la revolución. Pero comprendí que tal vez él tendría miedo hablar sobre ese tema conmigo. Sonreí, reanudamos la conversación y hablamos de nuestras familias, mientras él y varios tripulantes del arenero seguían esperando en la esquina de la textilería, el autobús de la empresa que los llevaría al Mariel, para el cambio de tripulación. Era miércoles y el ómnibus siempre llegaba a la una de la tarde. Después de despedir a Luis y a los demás marineros, que también habían sido compañeros mío, de cuando trabajé como cocinero en los areneros del Mariel, me fui camino a mi casa, que quedaba en la esquina. Decidí que dentro de quince días volvería de nuevo al lugar, cuando la tripulación regresara a la esquina de la textilería, a esperar otra vez el ómnibus para el cambio de turno cada siete días. Seguiría insistiendo hasta que tuviera un resultado. Me había propuesto irme del país con mi familia y pensé que podía sembrar la semilla en Luis y él en otros compañeros.

Volví a la realidad con Luis frente a mí, preguntándome si ya teníamos comunicación con alguien, le explico que todavía no hemos hecho ningún contacto, que en cuanto lo logre se lo hago saber. Luis sigue caminando hacia donde estaban Elio y Mario y yo lo acompaño. Al pasar por una de las ventanas del puente, veo a la jauría de guardias castristas queriendo brincar a la cubierta de nuestra embarcación, mientras nuestra gente lo impedía a toda costa. Parecían lobos queriendo atrapar a su presa para rematarla. Vuelvo a reflexionar, esta vez sobre la represión que el castrismo impone al cubano cautivo de la isla, y sobre el comportamiento de individuos que se consideran revolucionarios, pero actúan y se comportan siguiendo patrones de mala fe y bajas pasiones.

Juan Felipe
Foto: Vista aérea de la Bahía del Mariel, realizada por Helio F. y tomada de Panoramio.

lunes, 5 de febrero de 2018

La odisea del 4 de junio de 1994 (I)


Desde hoy y hasta el miércoles 21 de febrero, en este blog y en el de Tania Quintero, en ocho posts publicaremos la odisea vivida por 64 personas el viernes 4 de junio de 1994. El relato lo hace uno de los protagonistas, Juan Felipe Cuquerella, nacido el 9 de septiembre de 1959 en Regla, municipio situado al otro lado de la Bahía de La Habana.

Sobre su vida él mismo cuenta: "Llegué a este mundo, a nueve meses de haber cogido el poder por la fuerza el diabólico comandante de la desastrosa y mal llamada revolución cubana. Éramos una familia compuesta por tres hermanos y una hermana. Nuestros padres siempre vivieron para nosotros, su cariño y amor nunca nos faltó, a pesar de la miseria en que vivíamos, en una pequeña casa, con un solo cuarto, cocina y baño. Era de madera vieja y agrietada, con un piso con parte de cemento y losas muy gastadas. No sé cómo nuestra casa soportaba los escasos, viejos y remendados muebles que teníamos. Cuando llovía, me encantaba dormir con el sonido de las goteras que caían en las palanganas.

"A pesar de la pobreza, mis hermanos y yo éramos extremadamente felices, aunque muchas veces la vieja no pudiera comprar por la libreta el juguete básico que nos gustaba. La tía Nena, a la que queríamos mucho, recogía juguetes que la gente botaba y junto con los soldaditos de cartón que hacía mi hermano Mario, ya teníamos suficiente para sumergirnos en lo más profundo de nuestra inocencia. El viejo siempre estaba pendiente de nosotros, en las tardes nos leía libros de Julio Verne o de Emilio Salgari.

"Qué tiempos aquéllos, cuando el viejo participaba en nuestros juegos de guerra, él siempre era el general de las tropas buenas. Muchas veces se interrumpía el juego porque teníamos que escuchar, sentados frente a la radio. Éramos muy pequeños y todo nos sonaba de la misma manera. ¿Qué podíamos entender? Absolutamente nada. Una persona hablando de cosas que no comprendíamos. Así fuimos creciendo hasta que yo a cierta edad empecé a razonar. Ya los juegos no eran tan infantiles, se hablaba de táctica de guerra. El viejo, fanático de las contiendas bélicas, nos hablaba de la Segunda Guerra Mundial, nos enseñaba fotos, nos leía libros relacionados con las proezas soviéticas.

"Se hablaba de que el comandante (Fidel Castro) iba a arreglar la situación del país, que había que estar preparado para una invasión. No sabía exactamente de qué se estaba hablando, pero sí de que era un país cercano. La vida transcurría de la mano de la escasez y la hambruna. Un platanal que el viejo tenía en el patio dejó de existir, nos comimos hasta el 'ñame' (rizoma) de las matas de plátano. Yo iba a la escuela con un pantaloncito de saco que me hizo mi tía Nena, que me dejaban las nalgas llenas de salpullido. Pero ya teníamos una esperanza: el comandante arreglaría las cosas.

"El tiempo pasó volando. Y un buen día hablando con mi viejo, que más que padre e hijo, éramos amigos, descubrí que todo su afán era que sus cuatro hijos fueran militares, seguidores de los rebeldes, seguidores de los ideales del comandante que todo lo iba a arreglar en el país. Pero ya tenía una edad y podía discernir, tenía amigos y entendía las historias que otros me contaban. Ya podía interpretar lo que veía. La parte de mi cuerpo que más entendía era mi estómago vacío, que por las noches no me dejaba dormir. Por respeto, jamás repliqué a mi viejo sobre sus ideales. El día que decidí irme de Cuba, más nunca quiso hablarme. Lo tomó como una traición".

* * * * * * * *

En 1994 emigré a Estados Unidos con mi esposa Dolores Rodríguez Ferrer y mis dos hijas, Yindrys y Yamilé. La radio tomó ese día el rol más importante de mi vida, ya no era un simple entretenimiento. 64 personas incluyéndome yo, dependíamos de ese pequeño artefacto concebido con desperdicios de aparatos electrónicos. Una vez más se demostraba la teoría de que la materia no se crea ni se destruye, solamente se transforma. El juguete del niño grande se convertía en la única esperanza del grupo donde me encontraba, a bordo del barco arenero René Bedia Morales. La decisión se había tomado muy en serio, de forma unánime. No había marcha atrás: el arenero se iría a Estados Unidos o todos moriríamos.

La tragedia empezó cuando a la 01:20 de la madrugada del 4 de junio de 1994, las ondas electromagnéticas transmitidas por mi pequeño radio atravesaron el espacio radio eléctrico llevando consigo la llamada Mayday, señal de socorro que se transmite únicamente en situaciones de inminente peligro. Y ése era el caso de la tripulación que llevaba el arenero en el momento que fuimos blanco de la maldad, el odio y el egoísmo de una dictadura.

La oscuridad de una noche lluviosa sirvió de camuflaje y permitió movernos en la maleza que cubría el sector donde se encontraba la cerca peerless de la Agrupación Arenera del Mariel, perteneciente a Obras Marítimas, empresa propiedad del régimen cubano. A través de una abertura, 64 personas entre las cuales se encontraban mujeres, niños y ancianos, organizadamente, entrábamos a un inmenso terreno donde nos escondimos entre unos arbustos que parecían que estaban esperando nuestra llegada. Una vez allí, en medio de la hierba y las ramas, alcé la vista y a pesar de la penumbra monocromática que todo lo envolvía, escudriñé el panorama. A lo lejos se veín los barcos areneros amarrados al muelle, entre ellos el René Bedia Morales, amarrado a una segunda embarcación que permanecía meciéndose y embistiendo suavemente el muelle al que estaba atado. Sus bombillas estaban apagadas y una luz tenue proveniente de dos faroles, aclaraban un poco aquella parte del inmenso y oscuro patio lleno de montañas de arena.

Un pequeño grupo de siete jóvenes tuvieron la iniciativa de tomar el barco por sorpresa, pacíficamente. Cinco minutos más tarde, una bombilla parpadeó a lo lejos: era la señal de que el barco era nuestro. El resto del grupo se dirigió a la embarcación de forma disciplinada, teniendo en cuenta que en aquel lugar se encontraban custodios de la empresa y podían descubrir la operación. Pero los jóvenes habían tomado de antemano posiciones que les permitían vigilar a los custodios y poder ponernos sobreaviso. Todo hasta ese momento era como se había planeado. Los timoneles serían Andrés y Elio, al frente del cuarto de máquinas estaría Luis con el primer mecánico Murara y dos hombres más. Cuatro hombres en total para levantar las planchas del piso y ponerlas recostadas a las máquinas principales y protegerlas por si disparaban. Si los proyectiles atravesaban las planchas del casco, llegarían casi sin velocidad y temperatura, chocando contra las planchas que estaban recostadas a los motores, quedando las máquinas protegidas contra cualquier agresión que pudieran efectuar los guardafronteras en sus intentos por detener la embarcación.

Otra de las tareas era proteger el servomotor de las palas del timón, que es donde se ejerce el gobierno de una embarcación. Se rodeó con sacos de arena, por si el enemigo intentaba detener la embarcación rompiéndole ese mecanismo. En el puente estaría la estación de radiocomunicaciones, compuesta por un radio transmisor de 1, 5, 20 watts de potencia, de construcción casera, banda de 40 metros, con un sintonizador de antena incorporado y un amplificador de 600 watts, también artesanal. Si los comunistas nos ponían interferencia desde tierra, usaríamos el amplificador para forzar la comunicación. Operadores de dicha estación seríamos dos, CM2-PJ y CO2-JU, los dos nombrados Juan.

A pesar de que el grupo tenía su propia dirección, compuesta por algunos de nosotros, la idea era tener en cada puesto dos o más personas. No sabíamos qué iba a pasar y si uno caía, el otro seguiría con el plan. Juan y yo, de forma rápida y tratando de no equivocarnos, instalamos la estación de radio, sabiendo que el equipo había sido hecho pensando en los inconvenientes inesperados que se pudieran presentar. Conectar los cables de doce voltios con la escasa luz con que contábamos se nos hacía difícil, debido a que en esa parte del puente no había conexión eléctrica para ese voltaje. Desde otro sitio, tuvimos que colocar una extensión para poder alimentar el radiotransmisor. En ese momento me acordé de algunas herramientas que había traído y a paso rápido fui hasta los camarotes donde estaba el resto de la tripulación. De la mochila cogí una pinza y un destornillador, que no servirían de mucho si teníamos que resolver una rotura de los equipos, pero sí en una emergencia. Eso es mejor que nada, pensé. También cogí un pequeño rollo de tape eléctrico y aunque creo que tampoco era necesario, tomé un paquetico hecho con papel de cartucho que contenía algunas aspirinas, por si se necesitaban.

En ese momento, la embarcación estaba bajo el mando del patrón Mario. El resto del grupo era dirigido por Portuondo, marinero del arenero Bedia Morales, quien ya le había dado la orden al resto del grupo de permanecer en los camarotes debajo de la cubierta, que estaban con las luces apagadas. Cuando bajé al camarote, me di cuenta que el temor y la angustia se reflejaba en los semblantes de cada uno de los presentes, el terror se había apoderado de ellos. Contagiaba el mal presagio que allí se respiraba. La expresión de horror auguraba los malos momentos que se avecinaban, por la presencia del enemigo a quien nos íbamos a enfrentar. El reflejo de las velas encendidas dejaba en cada rostro el semblante gris de la muerte. Con lágrimas en los ojos, muchos se aferraban a sus símbolos religiosos. Oraciones y pedidos de clemencia al dios supremo se escuchaban en voz baja. Niños, madres, abuelos, no paraban de pedir que fuéramos salvados, mientras otros le pedían protección a los dioses de nuestros ancestros africanos, a los orishas que viajaron desde el África cientos de años atrás en aquellos barcos negreros. Yemayá, patrona de mi natal pueblo de Regla, fue invocada, al ser ella protectora del hogar y la familia, de los barcos y los pescadores. La madre de las aguas, la reina del mar, fue llamada para que nos protegiera durante la travesía.



Lo esotérico, el sincretismo y el folclor estuvo presente en todo momento. Estatuillas católicas eran alumbradas con velas mientras el humo de tabaco y el aguardiente rociaban a los guerreros, con Eleguá al frente, para que nos abriera el camino a la libertad. Todos confiaban en lo divino. El pueblo cubano es por excelencia, un pueblo muy religioso. Y todo el cielo tenía su espacio en aquel pequeño camarote. Una de las niñas que estaba con su hermana y su mamá, de pelo rubio y unos seis años, abrazó a su muñeca y le dijo que no tuviera miedo, que todo iba a salir bien. Me di cuenta de que esa muñeca jugaba un papel importante en su inocente vida, y su imaginación le permitía transportarse a realidades completamente desconocidas para una niña de esa edad. Ella y el resto de niños que hospedaba el Bedia Morales eran nuestra primera prioridad. Con sus miradas inocentes y sus frases llenas de amor, ternura e ingenuidad, con su imaginación, como si ellos a través de un hipotético lente onírico observaran las cosas torcidas de la vida, me dejaron sin aliento. En particular las palabras “no tengas miedo, todo va a salir bien”. Palabras que no solo reflejaban la inocencia de una niña de apenas 6 años, si no también lo real maravilloso, la candidez y la manera pura y limpia de cómo un niño era capaz percibir la realidad del mundo que le rodea.

Pero el miedo y el terror seguían envolviendo el aire que se respiraba, mezcla de humo, sudor y otros olores. Una pareja de ancianos lloraba mientras permanecían abrazados. Habían estado juntos una vida entera, compartiendo felicidades y tristezas, y ahora todo podía acabar en unos minutos. ¿Qué es la vida?, me pregunté. Una existencia que de pronto puede terminar sin tener en cuenta el sacrificio que se ha hecho hasta este instante. Los ancianos lloraban con un sentimiento innato, sin percibir la presencia de las personas que lo rodeaban. La escena parecía más bien una despedida. O quizás estaban anticipando una tragedia y el barco arenero era el sarcófago donde iban a ser sepultados en aguas frías y oscuras. Viéndolos pensaba: ¿por qué tendrían miedo de morir? ¿Se sentían confundidos o arrepentidos al elegir cómo podría terminar sus vidas? Solo tenían dos opciones, morir en vano o pelearle a la muerte. ¿Por qué no hacían una revisión completa de sus acciones en la vida?

Han estado luchando desde que vinieron al mundo, han luchado para sobrevivir a las innumerables presiones que la sociedad les ha impuesto a lo largo de sus existencias, en particular en los últimos tiempos, en un país donde todo ha estado relacionado con la supervivencia, escasez de alimentos, falta de derechos y justicia. Y ahora estaban quebrantados, afligidos ante una posible derrota, que visto de otra forma siempre sería una victoria, aunque fuese un intento fallido. Desde que ideamos el plan de fuga, nos abanderó el opitimismo, porque los optimistas hacen que las cosas pasen. Pero ¿ese sentimiento trémulo y desconcertante de estos ancianos venía de su ignorancia? ¿O era solo el reflejo del desconocimiento de una libertad que les fue programado a través del maquiavélico sistema castrista? El hombre libre muere luchando por sus libertades pues cree en sus convicciones. No salimos de la vida a través de la muerte ni tampoco con la muerte entramos en la inmortalidad. Vivimos cada minuto dejando nuestra huella en la eternidad por lo que hemos hecho. Nuestros actos nos convierten en hacedores de lo que comienza y termina en nuestra existencia. Y por ello tenemos que fijarnos bien cuando decidimos pasar por ese hilo tan fino de elegir entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, entre lo digno y lo indigno, para poder mirar al frente sin temor.

El desespero y la angustia de este matrimonio de ancianos no fue indiferente al grupo. Las personas se les fueron uniendo en su dolor, con los rostros llenos de ternura. Cálidos abrazos les fueron trasmitiendo el espíritu de fe y esperanza que ellos habían perdido. Se compartieron consuelos entre todos y ánimo fue la palabra más repetida. Poco a poco, los dos ancianos se fueron reanimando. Tomándoles las manos, todos los presentes decidieron orar para que las cosas salieran bien.

A paso apresurado, de nuevo me dirigí al puente, a seguir preparando la estación de radio. Miré de reojo a mi tocayo Juan, que seguía tranquilo y ocupado en los preparativos. No parecía que hubiera necesitado nada del camarote y no quise interrumpirlo con preguntas acerca de lo que estaba haciendo. Asumí que si hubiera necesitado algo me lo hubiera dicho. El barco permanecía oscuro y ése era nuestro mejor camuflaje. Cada uno de los integrantes de la dirección del grupo empezó su misión, trabajando en sus respectivos quehaceres, individuales o colectivos. Mientras se faenaba en el cuarto de máquinas, Mario, Elio y Andrés soltaban las amarras del barco, que estaba atado a otro arenero en el muelle, el Pedro Véliz Hernández que tenía personal durmiendo en los camarotes. Gracias a la fina lluvia y el viento, cualquier ruido pequeño no se notaba en una embarcación, menos en una noche tormentosa como aquélla.

Juan Felipe

Foto: Cada 7 de septiembre, la imagen de la Virgen de Regla, Yemayá en la religión yoruba, que se conserva en la Iglesia de Nuestra Señora de Regla, situada al otro lado de la bahía habanera, es sacada en procesión. Tomada de Noticias 24.

jueves, 1 de febrero de 2018

Los verdaderos padres del Paquete Semanal


Contrario a lo que hasta el momento se afirma, el Paquete Semanal no tuvo un creador. La idea original fue espontánea y nació a mitad de los años 80, con el arribo a Cuba de las tecnologías domésticas que auxiliaron a los cubanos en la necesidad de evadir la propuesta oficial de los dos únicos y politizados canales de televisión: Cubavisión y Tele Rebelde.

La actual colección digital de un terabyte de programación televisiva extranjera, softwares y revistas digitales, comenzó a desplazar a la televisión cubana con la entrada al país de la tecnología Betamax, lanzada al mercado en 1975. Beta se popularizó en Cuba poco antes de desaparecer, con un formato que permitía dos horas de grabación.

Durante sus primeros años de entrada al país, pocos cubanos, a no ser que fueran de la cúpula gobernante, poseían esta tecnología casera, que inició la circulación alternativa de películas y documentales en el formato.

Fue a través de la empresa gubernamental Omnivideo Corporation, ubicada en la zona residencial de Siboney, en el municipio Playa, que se comenzaron a copiar, traducir, clasificar, distribuir en toda la isla y vender en el extranjero, los materiales fílmicos que se exhibían en los Estados Unidos.

Un ex oficial del Ministerio del Interior señaló que “la empresa fue creada por Tony de la Guardia y después la absorbió CIMEX para vender películas en Cuba. Omnivideo no solo vendía películas, también distribuyó a los dirigentes, por cable, los canales que se captaban con un grupo de antenas que estaban ubicadas en Siboney.”

La misma fuente añade que mediante un ciudadano panameño vinculado al circuito de cines de estreno en Ciudad Panamá, se secuestraban las películas. “Ese panameño llevaba las cintas de estreno a la embajada cubana, allí las mandaban a La Habana, se copiaban, y el mismo día se enviaban de vuelta a Panamá.”

Sumergidos en el consumo del capitalismo, la cúpula socialista no advirtió que comenzaba la era de la tecnología doméstica en Cuba. Sus fórmulas de piratería no tardarían en ser copiadas por el pueblo.

Las películas de Chuck Norris y Sylvester Stallone enfrentados al comunismo vietnamita invadieron la isla. Los cubanos, ávidos por descubrir todo lo que se alejara de la cultura rusa, enquistada en la pantalla chica, formaban pequeñas salas de cine alrededor de un Betamax para consumir los filmes pirateados por Omnivideo Corporation.

El punto de no retorno del trapicheo de imágenes foráneas entre cubanos se había iniciado.

Contados materiales fílmicos ajenos a la piratería oficial lograron insertarse en el naciente intercambio popular de videocasetes. El documental “Nadie Escuchaba” de Néstor Almendros (1987) fue uno de los tuvo el privilegio de llegar las pantallas de blanco y negro, que aún convivían con el Betamax en las casas de los cubanos.

Para competir con la avalancha de programación hollywoodense, la televisión cubana introdujo el espacio La película del sábado. Una versión “sana” del cine estadounidense que culminó por desplazar la cinematografía rusa de la propuesta oficial.

A comienzos de la década del 90 llegó a Cuba el formato VHS, disponible en el mercado desde 1976. Esta tecnología ofreció la capacidad de grabación que estimuló la creación de los bancos de alquiler de películas.

El VHS de hasta 10 horas de duración, en modo LP (Long Play), facilitó el compendio de programas extranjeros que los cubanos aprovecharon para comercializar al estilo de Omnivideo. En Cuba se explotó el formato EP (Extended Play) en NTSC, la calidad más baja de imagen. Las antenas ilegales de Direct TV y Dish fueron las alternativas que encontraron los cubanos para copiar la programación extranjera.

Ubicados entre los ciudadanos pudientes, los llamados Caciques dominaron durante años la grabación de programas, novelas y películas que los bancos compraban por un precio, que variaba por su actualidad o reciente estreno.

Rogelio Reyes inició un banco de películas que incluyó el formato de Betamax. Entrevistado por CubaNet, narró sus experiencias de compendio en los diferentes formatos (Beta, VHS, DVD). “El Beta me duró poco, aunque recuerdo que ya se grababan shows. De VHS llegué a tener casi cinco mil casetes, entre novelas, películas y documentales.”

Rogelio recuerda que los Caciques vendían el compendio (VHS) entre 50 y 60 pesos. Una vez adquirido, pasaba un proceso de clasificación, perfeccionado en el Paquete actual. “En el banco yo grababa en formato EP para que admitiera más horas de programación. A veces hacia paquetes variados de shows con novelas. El VHS fue lo más rápido que caducó, no duró dos años, enseguida llegó el disco (DVD). Tuve que regalar todos los casetes de VHS”.

La adolescencia del Paquete fue cobrando fuerzas con la guerra de los formatos. En las filmotecas de los bancos, se impuso el DVD con mayor contenido y mejor calidad visual. La extinción del VHS se extendió debido al alto costo de los primeros reproductores de DVD, que en el mercado negro oscilaba entre 200 y 250 dólares.

Mientras la población se actualizaba con el nuevo formato, aparecieron los dispositivos de almacenamiento de datos, popularizados en Cuba durante su segunda generación, lanzada en los inicios del siglo 21. La posibilidad de mayor capacidad de almacenamiento y reciclaje del contenido en los dispositivos de datos (USB, Hard Drive), revolucionaron la programación alternativa en la isla.

Hasta entonces, el DVD, de hasta 4 Gb, ofrecía una limitada capacidad sin reciclaje. El factor determinante para el aumento de los involucrados en el negocio, fue la llegada de las computadoras, y con ellas, las tarjetas capturadoras de señal televisiva.

Mario Cabrera, quien formó parte de esta evolución, explicó a CubaNet su participación en la cadena de copiadores de programas. “Cuando aquello tenía un servicio de antena de un canal. Como tenía una tarjeta capturadora de televisión, uno de los que copiaba para el Paquete me contrató. Me propuso que le grabara dos shows: Sábado Gigante y Belleza Latina. Recuerdo que, terminando el programa, pasaba una persona y recogía lo que había grabado, y me pagaba 5 pesos convertibles (cuc) por cada programa”.

Este grupo tributaba para una nueva fórmula que aniquiló la hegemonía de los Caciques; las casas matrices. Fue en ellas que comenzaron a utilizar las computadoras, el Hard Drive y finalmente Internet para descargar y organizar los materiales que contiene el actual Paquete.

Reloj Club fue una de las primeras matrices que identificaron los usuarios, creada por dos jóvenes conocidos como Robert y Mayito. Alexis Rodríguez Tamayo (el Nene), ingeniero graduado de la Universidad de Ciencias Informáticas, heredó Reloj Club cuando sus fundadores abandonaron el país. Alexis, actualmente dueño de la casa Omega, contó a CubaNet su experiencia en los inicios del Paquete.

“El Paquete surgió de los bancos de películas. Las computadoras abrieron la puerta, y los más jóvenes, gracias a su habilidad, encontraron la forma abastecer los bancos. No fue nadie en específico el que creó el Paquete", afirma y menciona que entre las casas matrices más conocidas se encontraban Paquete de Lachy, Samuel y Joe PC.

En su opinión, Joe PC se robó toda la clientela. “Ese muchacho revolucionó todo, cuando las novelas no se vendían por capítulos, él las comenzó a vender por capítulos. Tuvimos que darlas por capítulos o nos quedábamos sin clientes. Después redujo la frecuencia: de la recopilación semanal, a la entrega diaria. Hay distribuidores o matrices que no esperan el final de la semana, compran diariamente la programación que se descarga, para estar más actualizados”.

Alexis no considera que el avance tecnológico pueda eliminar el Paquete: “Ahora es a golpe de Internet, pienso que cuando dentro de unos seis meses más, se debilite la clientela. Pero hay muchos que pagan la información porque no tienen internet en la casa, o no tienen el tiempo para descargarla. Las películas y las series nosotros las descargamos apenas salen y los juegos de fútbol, béisbol o baloncesto, pesen lo que pesen, descargamos una parte”.

Para facilitar su descarga, sin la necesidad de almacenar el contenido, la programación del Paquete fue insertada en SNet, comunidad inalámbrica ilegal. Lo que no se imaginó nadie es que esta programación regresaría a los usuarios a través de su origen: el servicio clandestino de la antena.

La antena o cable que comenzó ofreciendo un canal por 10 CUC, ahora, por el mismo precio, llegan a treinta y dos canales en algunas zonas del centro capitalino. Esta variedad de canales hace que Dish y Direct TV compartan su fama en Cuba con los canales diseñados por los cubanos con el contenido del Paquete. A través de la tecnología WD Elements Play (disco duro multimedia) se emiten 2 Tb de programación por la misma ruta de la ilegal antena.

Desde los inicios del Paquete actual, las autoridades de la Isla lo enfrentan con disímiles estrategias. Han variado y tratado de mejorar la programación televisiva oficial, crearon La Mochila (Paquete oficial), puesto en marcha innumerables operativos policiales, y según un oficial de la Seguridad del Estado, tienen un grupo nombrado Paqueteria, especializado en espiar el tema.

Miguel Díaz-Canel, vicepresidente del gobierno, expresó públicamente su preocupación: “A nosotros no nos molesta el Paquete como idea, pero sí los valores, la cultura y los modos de actuación que pueda transmitir”. Otror dirigentes también lo han atacado por tener un contenido ideológico y estético degradante.

Para protegerse, quienes fabrican el Paquete tomaron la determinación de autocensurarse. Eliminaron del contenido, cualquier información, sea en novelas, series, noticieros y webs, que afecten la imagen del gobierno. Para suplir ese vacío surgió el Paketito. Compendio informativo que reúne lo censurado por El Paquete.

Su creador rompió, por primera vez su principal regla: no ofrecer entrevista a los medios de comunicación. Bajo la condición de proteger su identidad por temor a represalias, dijo: “Lo primero es que, debido a la censura las dificultades de acceso a Internet, las publicaciones de los medios independientes tenían mayor incidencia en el extranjero. La idea del Paketito es llevar toda esa información censurada al cubano de a pie.”

El Paketito se inició en febrero de 2015, con una secuencia semanal. Su contenido incluye toda la información de las plataformas utilizadas por la prensa independiente, noticieros, documentales de contenido político, series, animados, programas radiales y archivos cubanos de imágenes, entre otros materiales censurados por el Paquete .

“Ha tenido buena aceptación en todo el país, porque divulga lo prohibido”, afirmó su creador, y agregó: “Los cubanos quieren conocer que pasa del otro lado de la censura y eso, nosotros lo respetamos.”

Augusto César San Martín y Rudy Cabrera
Cubanet, 24 de noviembre de 2017.
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