lunes, 15 de enero de 2018

Alquiler ilegal: solución ante la falta de vivienda


Durante las últimas décadas, el déficit habitacional en Cuba ha generado una ramificación de negocios al margen de la ley y las regulaciones estatales.

Alquilar viviendas o habitaciones a cubanos por largas temporadas se ha vuelto habitual, pero apenas existen propietarios que lo hagan legalmente "porque no da negocio", advierte Eugenio López, que alquila un apartamento de una habitación cerca de la Esquina de Tejas.

"Al principio creí que daría la cuenta sacar una licencia para alquilar a cubanos, pero casi todos los necesitados buscan alquilarse meses, incluso un año o más porque no tienen casa propia. No es conveniente pagar la licencia y los impuestos, pues entonces cuánto le tendrías que cobrar a un cubano por ese alquiler. Es preferible sacar la licencia para arrendar a extranjeros", explica.

Encontrar un alquiler de condiciones mínimas por seis meses o más suele ser "un verdadero dolor de cabeza y puede ocuparte todo el tiempo", advierte Dagmara Oropesa, holguinera que emigró a La Habana en busca de mejores condiciones de vida. "Actualmente, encontrar un alquiler por la izquierda en menos de 100 cuc mensuales es casi imposible, y si es por más de un año ni soñarlo. Mi esposo y yo tenemos un hijo de 10 años y estamos obligados a alquilar por la zona del colegio. A veces aparece algo, en 70 u 80 cuc, pero en Marianao o Guanabacoa. En un año hemos cambiado de casa cuatro veces".

La entrada de dinero de la mayoría de cubanos que viven en inmuebles alquilados ilegalmente proviene de remesas de familiares en el extranjero o de trabajos en el sector privado. Los precios de un alquiler varían en dependencia de la zona, la seguridad y las condiciones del inmueble. Un apartamento de dos habitaciones en diferentes zonas del Vedado habanero puede rondar los 200 cuc mensuales. Por las mismas condiciones en Santos Suárez se pueden pedir 130 cuc.

Para quienes buscan alquiler no solo cuenta el precio, sino también la seguridad de sus pertenencias y la garantía de que se respete el contrato verbal. Un alquiler barato "puede salirte caro", avisa Caridad Depestre, quien perdió su laptop, dos ventiladores y una considerable suma de dinero cuando alquiló por 30 cuc un cuartico en Mantilla.

"Como la cosa es ilegal, casi nadie hace una denuncia, aunque estés convencida de que te robaron las mismas personas que te alquilaron. Es duro rodar de alquiler en alquiler, cada día más caros y por lo general tienes que pagar tres meses de adelanto. Ahora estoy alquilada en el Cerro por 100 cuc, pero nada más seis meses", cuenta Caridad.

Hortensia Fernanda lleva casi diez años dedicada al negocio de alquilar a cubanos "necesitados de un techo seguro y en condiciones decentes", pero nunca ofrece un tiempo mayor de seis meses por el temor a "ser delatada por la gente". Es propietaria de un acogedor apartamento de dos cuartos en Nuevo Vedado que alquila por 120 cuc mensuales.

"Siempre digo que son familiares que vienen por temas médicos. A veces me recomiendan a personas de raza negra, muy serias, pero me tengo que negar porque no tengo cómo justificar que son parientes míos. También tienes que cuidarte de que no te roben, pues lo que tengo en ese apartamento vale doce veces lo que pido por el alquiler", confiesa.

En la localidad de Regla, el testimonio de Teresa Yáñez puso sobre aviso a sus amistades que también se dedican al alquiler ilegal a largo plazo. Había pactado alquilar a un matrimonio con sus dos hijos menores "por el período de un año, pues una familia siempre inspira confianza. Pero resulta que a los cuatro meses se aliaron con un abogado para ver cómo podían agenciarse la casa. Mis vecinos me avisaron que habían escuchado una conversación al respecto. Al principio no lo creí, pero si no me pongo las pilas hubiese perdido el apartamentico, que a ellos se los alquilaba en 60 cuc".

Una de las reglas de alquilar es el aviso: "Tienes que avisar con un mes de antelación a los inquilinos para que tengan tiempo de ir buscando otro lugar", aclara Pedro Luis, quien se considera cumplidor y formal.

"Nunca alquilo por más de tres meses por la chivatería en el barrio y siempre a gente recomendada por amistades o familiares. Gente seria, que se ocupe de reparar las cosas que se rompan y que no sea escandalosa. Los alquileres están caros porque los riesgos son muchos para quienes alquilamos y los tiempos son difíciles. Mientras el Estado no resuelva el problema de la vivienda, más caros y más escasos se pondrán estos alquileres", afirma Pedro Luis.

Jorge Enrique Rodríguez
Diario de Cuba, 28 de noviembre de 2017.
Foto: Calle de La Habana. Tomada de Diario de Cuba.

jueves, 11 de enero de 2018

Cuba: el voley masculino supera fugas y crisis




En la Avenida Boyeros, camino del aeropuerto internacional José Martí y muy cerca de la intersección con la Calle 100, a veinte minutos del centro de La Habana, se encuentra la Escuela Nacional de Voleibol.

Bien temprano en la mañana, luego de un desayuno frugal, los atletas, hombres y mujeres, hacen ejercicios de calistenia antes de entrar al gimnasio y comenzar una de las dos jornadas diarias de entrenamiento.

En la escuela se encuentran albergados jóvenes talentos de diferentes provincias, captados por scouts locales durante torneos provinciales o juegos escolares.

Astros en ascenso como Miguel Ángel López, Miguel David Gutiérrez y Osniel Melgarejo, quienes obtuvieron medalla plata en el Campeonato Mundial Sub-21, efectuado en el verano de 2017 en la República Checa, pulen sus deficiencias en el recibo o el bloqueo en la net.

Ese trío, que forma parte del bisoño plantel nacional ya clasificado para el XIX Campeonato Mundial de Voleibol Masculino, que se celebrará conjuntamente en Italia y Bulgaria del 10 al 30 de septiembre de 2018, suele dejar con la boca abierta a los fanáticos por sus saltos espectaculares y remates hacia todos los ángulos del terreno.

“Si no se marchan, y juegan juntos varios años, en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 la selección cubana puede rivalizar de tú a tú con la crema y nata del voleibol mundial, ya sea con Rusia, Brasil, Polonia, Estados Unidos o Irán (que viene en ascenso)”, señala un preparador físico de la Escuela Nacional, y aporta detalles técnicos:

“Estos muchachos, y otros, con edades comprendidas entre 16 y 20 años, destacan por su poder de salto, una cualidad típica de la escuela cubana de voleibol. Los tres, Miguel David, Miguel Ángel y Osniel, alcanzan más de 3 metros y 60 centímetros en ataque con impulso y superan los 3.40 a la hora de bloquear, y saltan sin apenas impulso. Tienen todas las papeletas para convertirse en monstruos del voly mundial a la vuelta de tres o cuatro años”.

Contra viento y marea, el voly cubano intenta no perder el prestigio alcanzado. En la rama femenina tuvo su mayor esplendor en el siglo XX. Después que aquel sexteto fabuloso de Mercedes Pérez, Lucila Urgellés, Mercedes Pomares y la formidable pasadora Imilsis Téllez en 1978, en la antigua ciudad de Leningrado, derrotara a la URSS, China y Japón, Cuba y su preparador Eugenio George comenzaron a escribir con letras doradas su impresionante historia.

Aunque por designios de Fidel Castro, la Isla no participó en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 y Seúl 1988, la escuadra criolla, bautizada por el comentarista deportivo habanero René Navarro como "las espectaculares Morenas del Caribe", obtuvieron tres títulos olímpicos en fila: Barcelona 92, Atlanta 96 y Sidney 2000, además de coronarse en los campeonatos mundiales de Brasil 1994 y Japón 1998.

La debacle del voly femenino comenzó con el nuevo siglo. La emigración de jugadoras fue una sangría importante. Problemas internos dentro de la comisión nacional de voleibol, provocaron la salida de Eugenio George, padre de los grandes éxitos. Se comenzó a probar un nuevo sistema de juego, el cinco-uno, donde una sola jugadora era la encargada de pasar, obviando el antiguo sistema del cuatro-dos, con dos pasadoras que en la práctica se transformaba en seis atacadoras y deficiencias en la captación de talentos, propiciaron un declive que aún no se ha recuperado en el voly para mujeres. Estrellas como Melissa Vargas, por su cuenta optan por obtener contratos en ligas europeas o sudamericanas.

En el voly masculino ha sido un poco al revés. Sin obtener grandes triunfos ni poseer una dinastía como las Morenas del Caribe, se hacían sentir. Ya en los Juegos Olímpicos de Montreal 1976 fueron medallistas de bronce y alcanzaron segundos lugares en los dos campeonatos mundiales celebrados en Italia, en 1990 y 2010.

Según Eduardo, profesor especializado en deportes con pelotas, la escuela cubana de voleibol, en las ramas femenina y masculina, “se basa en la potencia física, tanto en el salto como en la pegada al balón. Y en un buen bloqueo en la net. Sus deficiencias son en la defensa de campo, recibo y algunos aspectos individuales técnico-tácticos. Lo ideal sería pulirlos, propiciando que nuestros atletas participaran en un mayor número en ligas europeas”.

En opinión de Eduardo, en Cuba el voleibol es un deporte de laboratorio y no tiene la masividad del béisbol, fútbol o boxeo. "Sus campeonatos nacionales son cortos, mal organizados y no existe rivalidad. Para pulir errores hay que codearse con los mejores. ¿Dónde juegan los mejores? En Italia, la mejor liga del mundo, o en Rusia, Polonia y Grecia. En América, Brasil tiene una liga muy potente y Argentina crece en calidad. En Puerto Rico también existe una liga de nivel. El voly fue el primer deporte cubano en autorizar la contratación de jugadores, a fines de los 90. Pero las autoridades se quedaban con la mayor parte del dinero, sin contar que los jugadores llegaban en baja forma a las principales competencias del año”.

El voly masculino cubano ha sido inestable, precisamente por la marcha de jugadores a otros países. En diciembre de 2001, luego de ganar una liga mundial en Europa, seis jugadores, entre ellos el mejor central del mundo, Ihosvany Hernández y el atacador auxiliar Ángel Dennis, que se encontraban en una concentración de entrenamiento en Bélgica huyeron en tren hacia Italia.

En el período de 2006 a 2010, Cuba ha preparado sextetos de lujo, pero no acabaron de cuajar porque sus voleibolistas decidieron saltar la cerca y jugar en clubes foráneos, ganar dinero y administrar libremente sus finanzas.

Los amantes del voly se frotaban los ojos con la selección que venía en camino, entrenada primero por Gilberto Herrera y después por Orlando Samuel. El equipo regular tenía seis jugadores con una talla por encima de los dos metros.

Entonces, el equipo cubano era el más alto del mundo. Su pasador, Oriol Camejo, medía dos metros y cinco centímetros. En aquella etapa hubo atacadores de fuerza como Michael ‘El Ruso’ Sánchez o Raydel Poey con pinta de extraclase.

Leonel Marshall, un atacador que escalaba a las nubes, tiene el récord mundial en salto: alcanzaba los tres metros ochenta como si estuviera silbando. Osmany Juantorena, sobrino de Alberto Juantorena, quien se desempeña en la liga italiana, hasta hace dos años estaba considerado el mejor voleibolista del planeta.

Ahora mismo, alrededor de veinte voleibolistas nacidos en la Isla, la mayoría de primer nivel, brillan en ligas europeas o sudamericanas. No pocos de ellos están dispuestos a jugar con su selección. Pero es el régimen el que no los autoriza. Precisamente esa absurda politización, viene pasando factura al deporte en Cuba, que cada año retrocede en calidad.

Es el voly masculino el único deporte por equipo que pudo clasificarse para los Juegos Olímpicos de Río 2016. Si no obtuvo una mejor actuación fue porque unos meses antes, seis voleibolistas cubanos fueron acusados en Finlandia de una violación sexual múltiple y cinco condenados a prisión.

El sexteto que clasificó para el Campeonato Mundial de 2018, presenta una nueva hornada de futuras estrellas. Pero si deciden probar suerte en otras naciones, será muy difícil que Cuba pueda volver a alcanzar triunfos importantes en la arena internacional.

El fondo de armario de la Escuela Nacional de Voleibol, situada en la Avenida Boyeros, tiene un límite. No se pueden producir grandes voleibolistas como si fueran salchichas.

Iván García

Foto: Equipo cubano de voleibol masculino, ganador de la medalla de plata en el Campeonato Mundial Sub-21, efectuado en la República Checa del 23 de junio al 2 de julio de 2017. Foto tomada del blog La Mejor Peña Deportiva de Cuba.

lunes, 8 de enero de 2018

¿Nostalgia por la avalancha soviética?



Se les desbordaba la añoranza por los soviéticos a Raúl Castro, Machado Ventura y los generales de las FAR que asistieron al homenaje por el centenario de la revolución bolchevique en La Habana.

A pesar de la alianza estratégica, los mandamases saben que no es lo mismo Rusia que la Unión Soviética.

Si en octubre de 1962, bajo la hoz y el martillo, Khrushev se dejó impresionar por Kennedy y se llevó de Cuba los cohetes atómicos, a pesar de la rabieta del Comandante, ¿de qué no serían capaces hoy, aun con el duro Putin al frente, cuando sobre los misiles intercontinentales y los submarinos nucleares ondea la bandera de los zares? Pero, ideología aparte, un imperio sigue siendo un imperio, aunque cambie de nombre.

El general-presidente y sus generales nostálgicos han perdonado las desavenencias y decepciones, como aquella del retiro de los misiles que los hizo gritar, henchidos de despecho, “¡Nikita, mariquita, lo que se da no se quita!”. Prefieren recordar los tiempos felices, que se iniciaron el 13 de febrero de 1960, cuando llegó a La Habana el canciller Anastas Mikoyán para firmar un tratado comercial que garantizó las armas, el petróleo de Bakú y la compra subsidiada del azúcar que Cuba producía.

El millonario subsidio del Kremlin ligó tan umbilicalmente al régimen castrista a la Unión Soviética que en la Constitución de 1976 se le juró fidelidad eterna, un voto que se mantuvo hasta 1992, cuando hacía meses de su desintegración. La nostalgia soviética de los mandarines me hace recordar la avalancha rusa que tuvimos que soportar los cubanos durante casi tres décadas.

Junto con los productos de la Feria Comercial que vinieron con Mikoyán, llegó el adoctrinamiento comunista: las Obras Completas de Lenin -cuyo papel cebolla usábamos para hacer cigarros-, el libraco de economía política de Nikitin, los manuales de marxismo-leninismo de la Academia de Ciencias de la URSS, y editados por la Imprenta Nacional, con destino a las mochilas de los milicianos, para que tomaran ejemplo, Los hombres de Panfilov, Así se templó el acero y La carretera de Volokolamsk.

Las películas de Mosfilm sustituyeron a las de Hollywood. En vez de los silbidos de la Marcha sobre el puente del río Kwai hubo balalaikas y acordeones que saludaron nuestra incorporación al reino de la colectivización y los planes quinquenales. A los soldados del Ejército Rojo que vinieron a custodiar los misiles nucleares y que luego se quedaron para asesorar a las FAR ya los conocíamos de aquellas películas.

En los filmes habíamos visto como luego de combatir aguerridamente, entre una batalla y la otra, junto a las esteras de los tanques T-34, devoraban papas hervidas y humeantes sopas de col, bebían vodka a pico de botella y gritaban ¡Hurra! por cualquier motivo. Cuando se instalaron en Cuba, lo que descubrimos fue su espantosa peste a grajo, y que cuando se emborrachaban, que era cada vez que podían, se ponían sentimentales y lloraban a moco tendido, no sólo cuando evocaban a sus familias, sino también porque no aguantaban el calor y los mosquitos, y sus oficiales, rutinariamente, los insultaban y abofeteaban.

Los cubanos, hambrientos y en la indigencia como ya estábamos, para consolarlos, les suministrábamos alcohol del peor a los 'ruskies shelaviekas' a cambio de botas, camisas de nylon -que faltos del desodorante Fiesta nos hacían partícipes de su proverbial peste a grajo- y las consabidas latas de carne.

Para entonces, también había técnicos rusos con sus mujeres, con dientes de oro y vestidos de flores estampadas, que para nuestro espanto, no se afeitaban las piernas ni las axilas. Tan pronto se instalaron en sus barrios especiales, se sumaron al cambalache y la reventa de los productos que compraban en sus mercados también especiales.

Recuerdo a una rusa treintona, divorciada, de bastante buen ver, pero no muy aseada, que vivía en los edificios de La Siberia del Reparto Eléctrico -el equivalente de la zona rusa de Alamar- que por ganarse unos pesos lo mismo vendía latas de carne que pastillas de edulcorante sintético para el café.

Las rusas que luego vinieron, casadas con cubanos que estudiaban en la URSS, como habían nacido después del estalinismo, eran más bonitas, se arreglaban mejor y se adaptaron bien a la convivencia entre nosotros.

El País de los Soviets nos inundó, además de con armas, petróleo y maquinarias, con el realismo socialista en el arte o lo que los comisarios entendían como tal, los libros de la Editorial Progreso, las matriushkas, los muñequitos rusos, las sopas salianka del restaurant Moscú, las latas de ajíes y coles rellenas con sabor a apio, los relojes Poljot, los discos Melodya, los tocadiscos Akkord que no aguantaban el calor, los radios Selena que ¡hurra, aleluya! nos permitieron acceder a la FM yanqui, los televisores Krim que funcionaban a puñetazos, las lavadoras Aurika que eran irrompibles, pero destrozaban la ropa, los camiones Kamaz, los carros Lada, Volga y Moskvich para los elegidos, y las revistas Sputnik y Novedades de Moscú, hasta que en 1989 las prohibieron.

En vano se esforzaron por enseñarnos el ruso por Radio Rebelde, porque nos gustaran las películas de Mosfilm o por inculcarnos costumbres del Konsomol, como aquella de que los recién casados salieran de la notaría o el Palacio de los Matrimonios, en vez de al lecho nupcial, a poner flores en los monumentos.

De todo aquello, hoy solo quedan los Lada y Moskvich (cuyas piezas de repuesto a veces hay que traerlas de Hialeah), la manía por los nombres rusos, generalmente mal escritos, la mala fama de toscos y chapuceros de “los bolos”, y chatarra, mucha chatarra.

Las añoranzas soviéticas de los ancianos que nos desgobiernan no son compartidas por el resto de los cubanos. Para nada extrañamos a los tovarich. ¿Algo suyo que se eche de menos?

Si acaso, los muñequitos rusos, por algunos traumatizados cuarentones de la llamada generación Bolek y Lolek, dibujos animados que eran realizados en la URSS, si no en Polonia; el vodka Stolichnaya, por su rápido efecto para ahogar las penas; y luego de tanta hambre pasada y por muy a sebo que supieran, las latas de carne que tantas veces maldijimos.

Luis Cino Álvarez
Cubanet, 17 de noviembre de 2017.

jueves, 4 de enero de 2018

La Cuba de Carlos Manuel Álvarez



Cuando era un niño de 10 años, Carlos Manuel Álvarez (Matanzas, Cuba, 1989) conoció en persona a Fidel Castro. En cadena nacional, el entonces presidente de Cuba le preguntó qué quería ser de grande. Él respondió que médico. Después Fidel lo abrazó y posiblemente le dio un beso. Así lo recordaría dieciséis años después Carlos Manuel Álvarez, en el ensayo El abismo entre Castro y Fidel que publicó en The New York Times dos días después de la muerte del líder de la Revolución cubana.

Al final, Carlos Manuel Álvarez fue periodista y no médico. Además del Times, ha colaborado con medios como OnCuba, El Malpensante y El Estornudo, una revista digital que fundó con un par de amigos a inicios de 2016 y en cuya descripción se lee: «Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba». En 2015, ganó el premio de periodismo narrativo Las Nuevas Plumas y hoy, a sus 27 años, lleva ya dos libros publicados: uno de ficción, La tarde de los sucesos definitivos (Criatura Editora); y un volumen de crónicas, prologado por el argentino Martín Caparrós, cuya reciente publicación suscitó esta entrevista.

Las crónicas que forman La tribu. Retratos de Cuba (Sexto Piso, 2017), ¿las hiciste pensando en un libro o, más bien, las trabajaste individualmente hasta que te diste cuenta de que podías compilarlas?

-Hay dos momentos. Al inicio, escribía sin idea alguna de hacer un volumen de crónicas, de hecho un par de textos los hice en 2013, aún siendo estudiante. Después me di cuenta de que lo que me tocó vivir eran años de un particular interés en la historia de Cuba: un momento bisagra, porque si bien no hubo variaciones estructurales en el país, sí hubo un cambio económico, social, en el ámbito cultural y también político, en cierta medida. Entonces, para hacerte el cuento corto, ese fue un primer momento, y después hubo otro, cuando me di cuenta de que con las historias que tenía y otras, en las que quería seguir trabajando, tendría una especie de mosaico de esa etapa histórica.

Se trata, entonces, de un libro que cuenta Cuba desde la gente. ¿Qué otros hilos le dan unidad a esas crónicas?

-Ese es un punto interesante en cualquier libro de periodismo narrativo (contar la historia desde la gente), pero en mi caso, que es el caso cubano, la idea es devolverle a las cosas su función primaria. Es decir, contar la realidad de Cuba a través de historias que supongan una especie de alegoría y que expresen algo más del país. Cada historia del libro es también un fin en sí misma, porque (por ejemplo) me interesan mucho los hechos de la salud pública en Cuba o lo que significa la política en la vida común y corriente de los cubanos. Ese es el punto central del libro, contar al país con historias que se escriben con h minúscula: la migración, el exilio, qué es la música para los cubanos… El libro tiene determinados temas con una carga política, pero también sobre la cotidianidad cubana.

Las crónicas de La tribu. Retratos de Cuba se sitúan entre 2013 y fines de 2016, una etapa marcada por cambios en la política económica y social de Cuba, el deshielo de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos -que ahora lucen aletargadas con la administración Trump- y por lo que representó para la Revolución cubana la muerte de Fidel Castro, ocurrida el 25 de noviembre de 2016. Fue un trabajo al que Carlos Manuel Álvarez le dedicó cuatro años y cuya última parte escribió entre su país y la ciudad de México, donde está radicado actualmente.

¿El libro ha tenido alguna reacción política en tu país? ¿Se publicará en Cuba?

-No ha tenido la menor reacción. Tampoco creo que se publique en Cuba, a pesar de que ese debería ser su nicho natural y de que eso es lo que me gustaría. No hay que ser ingenuo: hay que ver los temas que trata el libro o la manera frontal en la que habla de figuras como Fidel Castro, sin contar con otras historias. Entonces va a ser imposible que una editorial cubana, si todas las editoriales cubanas son del Estado, se atreva a publicar un libro como este.

¿Muestra una revolución en decadencia?

-Sí, algo que se ha dado por llamar revolución, porque un viejo orden se sustituyó por uno nuevo en Cuba, hace ya muchos años, y de los rastros de la revolución no queda ninguno, salvo el secuestro semántico que ha hecho el poder político, que se sigue llamando desfachatadamente revolución. La auténtica revolución, a estas alturas de 2017, es justamente su reverso. Cuba es el antónimo de revolución.

Siendo estudiante de Periodismo, en la Universidad de La Habana, Carlos Manuel Álvarez empezó a publicar sus primeros textos en Cubadebate, un sitio web al que él considera "la bandera de los medios oficiales en Cuba, el más políticamente activo y progubernamental (en internet)". En ese tiempo no le pagaban, cuenta, pero le dieron la oportunidad de publicar. Después colaboró con otros medios como OnCuba, "una publicación norteamericana con corresponsalía permanente en La Habana" y poco a poco se hizo una carrera independiente, o como se conoce en el mercado editorial: empezó a trabajar de freelancer. Sobre el tiempo que ejerció el periodismo en La Habana, dice:

-Mi carrera como periodista en Cuba, siempre la resumo como un alejamiento proporcional de los medios que están controlados por los aparatos de propaganda del poder. Un alejamiento hacia la periferia, que implicó trabajar en medios cada vez más pequeños, cada vez más a contracorriente, en los que es más difícil establecer un canal de comunicación directa con el lector. Pero, por otro lado, esa misma distancia (del poder político) es directamente proporcional a la libertad que se tiene para escribir.

¿Se puede hacer periodismo en Cuba?

-En Cuba hay un germen de lo que podría ser el periodismo. Periodismo independiente siempre ha habido, sobre todo desde los años noventa hay expresiones a contracorriente y gente que ha sufrido prisión por eso. Pero ahora, digamos, hay cierta apertura desde el punto de vista económico y cultural, que ha permitido brotes de periodismo y que el ecosistema (de medios) empiece a diversificarse. En Cuba se está hablando del renacer de un periodismo independiente, que puede significar el único espacio donde se haga un periodismo real. Puede que desde ahí también se haga un mal periodismo, de hecho muchas veces eso ocurre, pero lo que quiero decir es que ese es el único nicho que se acerca a lo que debe ser el oficio.

¿Cómo cambia la llegada al poder de Donald Trump, el actual presidente de Estados Unidos, al momento histórico en el que transcurre tu libro?

-La tribu. Retratos de Cuba es un libro que está contado, de alguna manera, en tiempo real, y como relato tiene el privilegio de que cierra con un momento definitivo, que es la muerte de Fidel Castro. Trump podría representar una regresión, pero me parece que el deshielo, el acercamiento comercial y diplomático con Estados Unidos es ya inevitable. Habría que ver cuáles son las intenciones reales de Trump, pero me parece que, en el peor de los escenarios, podría estancar o imprimirle menos velocidad a esta apertura o avance en las relaciones diplomáticas de ambos países, pero no va a poder revertirla.

Vives actualmente en México, colaboras con medios internacionales y has publicado ya dos libros. ¿Qué va a pasar ahora? ¿Seguirás escribiendo sobre tu país?

-Esa es una de las preguntas que me hago: ¿quiero seguir mirando Cuba y documentando lo que ahí pasa o me interesan otros escenarios?, y la verdad es que ahora mismo, desde el periodismo, no tengo ánimo de seguir insistiendo en el tema cubano. Al menos no de una manera tan punzante y deliberada, como lo hice con la escritura del libro. Claro que quiero seguir escribiendo artículos y crónicas sobre Cuba, pero no sé si con ese afán tan consciente de retratar el momento. Es probable que en adelante empiece a guiarme más por mis gustos personales. Lo digo solo como una posibilidad, pero hay algo que me interesaría mucho, que es contar Miami. Sería seguir contando Cuba fuera de Cuba o Cuba en otro país.

Xavier Gómez Muñoz
Cartón de piedra, 21 de julio de 2017.

Sobre el libro La tarde de los sucesos definitivos, ópera prima de Carlos Manuel Álvarez, leer lo que el autor escribió en El Caimán Barbudo; nota publicada en La Jiribilla y Muerte en La Habana, uno de los siete cuentos del libro.

Leer también: La extraña elegía de La Habana, publicado en 2010 en Cubadebate, cuando Carlos Manuel Álvarez era estudiante de periodismo. Después y hasta mayo de 2013, Cubadebate publicaría o reproduciría decenas de artículos, crónicas o comentarios deportivos escritos por Carlos Manuel; en On Cuba Magazine se localizan más de cien textos suyos; una veintena en Univisión; diez en El Estornudo; nueve en Cibercuba; ocho en El Caimán Barbudo; seis en BBC Mundo; seis en El Malpensante; cuatro en El Microwave y cuatro en The New York Times en Español; El inexplicable caso de los periodistas cubanos; "En Cuba no hay que esforzarse para que te acusen de apátrida"; Cuba, paraíso de la ciencia ficción; "Siento el tedio dentro de la isla" y Carlos Manuel Álvarez, cronista de la transición en Cuba.

lunes, 1 de enero de 2018

jueves, 21 de diciembre de 2017

Cenas cubanas en las Fiestas Navideñas



En Cuba se consideran Fiestas Navideñas las comprendidas entre el 24 de diciembre (Nochebuena), 25 de diciembre (Navidad), 31 de diciembre (Fin de Año), 1 de enero (Año Nuevo) y el 6 de enero (Día de Reyes), todas con una connotación religiosa. Estas celebraciones agrupan a toda la familia y forman parte de las costumbres populares.

En estas festividades existe un menú tradicional de comidas y bebidas cubanas, en el cual se destaca el lechón asado, acompañado, según la región, de congrí elaborado principalmente en el oriente de Cuba o de arroz moro mucho más elaborado en la región occidental, la yuca con mojo, los tostones, ensalada de tomate y lechuga u otra hortaliza de estación, y los postres caseros, en especial los buñuelos, aunque también son típicos el dulce de coco rallado, la mermelada de guayaba o cascos de toronja en almíbar con queso.

La cerveza y los vinos son las bebidas más consumidas. En épocas pasadas y aún en la actualidad, pero en menor escala, el guanajo relleno y el ponche de leche, elaborados en casa, son de la preferencia de muchos. También a la usanza española turrones, nueces, avellanas, manzanas, dátiles, higos, sidras y vinos. A las doce de la noche del 31 de diciembre se acostumbraban comer doce uvas para esperar la llegada de un nuevo año.

También para estas fechas han surgido platos que han enriquecido nuestro espectro culinario, tales como el cubitey, una mezcla de elementos del congrí y de la paella, o como la ensalada Yumurí, con una decoración estará acorde con la festividad: la receta original plantea colocar el pimiento rojo, previamente cortado, formando flores de pascua en el centro se coloca una zanahoria cortada y cocida y luego tomates y pimientos rellenos se ubican bordeando la flor de pascua y decorando la ensalada con ramitas de berro.

Nos referiremos entonces a los platos más consumidos en estas celebraciones. Es muy típico en la cocina cubana, que el plato principal sea el cerdo asado, en torno al cual giran los demás alimentos. La técnica para asarlo varía según la región del país.

En la región oriental se asa en una púa, que lo atraviesa de un lado a otro, esta púa va sujeta a una estaca clavada en la tierra, que tiene varios niveles, para a través de la altura, regular el calor transmitido por el carbón o leña que se deposita en un hoyo hecho en la tierra. Mientras se asa el cerdo se le va dando vueltas a la púa para que se cocine por todos los lados. También es costumbre rellenarlo en su interior con congrí oriental, y a medida que se asa el cerdo se va cocinando el congrí.

En el occidente de la isla, el cerdo se asa en parrilla o barbacoa, que según el tipo de leña utilizada cambia el sabor del asado, es muy común mangle rojo y ramas de guayaba. En Pinar del Río, cuando el cerdo se asa a la parrilla, se estila taparlo con hojas de plátano. En La Habana la forma más común de asarlo es en el horno.

En la región central, se asa el cerdo al pincho: se le clava el pincho al animal desde la parte trasera saliendo por la boca y se coloca el pincho entre dos palos o tubos, con los cuales se le puede ir regulando la altura que se quiera, debajo en un depósito u hoyo en la tierra, tendremos el carbón o la leña.

El asado en cazuela es empleado a lo largo de toda la Isla. Lo que es prácticamente igual en todas las regiones es el mojo criollo con que se adoba el cerdo, que se va rociando a medida que se va cocinando.

La nomenclatura del cerdo varía según la provincia: puerco, macho, cochino, marrano, lechón e incluso se le llama indistintamente. En algunas regiones, el lechón asado en Nochebuena da origen a un plato que se consume el 25 de diciembre, día de Navidad, y le llaman montería: las masitas sobrantes del lechón asado, se rehogan en un sofrito y se enriquecen con pimentón y vino seco. En las provincias orientales, la montería suele consumirse con casabe.

Entre los subproductos del cerdo que son aprovechados se encuentran los intestinos, que en Cuba les dicen 'mondongos' y son lavados con hojas de guayaba. A las vísceras les llaman 'gandinga' y con los sesos se hacen frituritas que en algunos lugares se comen en el almuerzo del 31 de diciembre y en otros en los días venideros.

Un plato característico de estas cenas es la yuca con mojo: una vez ablandada la yuca, por encima se le echa un mojo criollo y se le pueden adicionar 'empellitas' o chicharrones de cerdo. La yuca se puede sustituir por malanga, ñame, calabaza o plátano verde hervido. El mojo criollo es ampliamente utilizado en la cocina cubana y en particular en la campesina y se emplea también para adobar pollo.

Otro acompañamiento es el plátano verde, que es cortado en rodajas y frito en dos tiempos, primero se doran por ambos lados y luego se vuelven a freír, esta vez aplastados. Este plato tiene origen africano y es llamado de diversas formas, dependiendo la región. En occidente se le conoce por 'tostones' o 'plátanos a puñetazos', aunque en Pinar del Río les llaman 'ambuilas'. En las provincias centrales y orientales les dicen 'plátanos chatinos'.

Una joya de la gastronomía caribeña lo es sin duda alguna el congrí, esa mezcla del arroz blanco guisado junto a los frijoles colorados. El sabio Don Fernando Ortiz, considerado el tercer descubridor de Cuba, nos refiere el posible, pero no probado origen africano del congrí y explica que el vocablo procede de Haití, donde a los frijoles colorados le llaman 'congó' y al arroz 'riz', como en el idioma francés. Por lo tanto, en creole significa 'congos con arroz'. No debe confundirse este plato con el arroz moro, pues en el congrí se utilizan frijoles colorados y en el arroz moro se sustituyen por frijoles negros.

El arroz moro también es conocido como 'moros y cristianos', que en la cocina profesional e internacional se cocinan de un modo diferente: se elaboran con frijoles negros y con los mismos ingredientes que el arroz moro, con la diferencia de que el arroz se cocina aparte con los condimentos blancos (ajo y cebolla) y los frijoles se cocinan con el resto de los ingredientes, luego se cuelan y saltean, presentándose de forma separada y es el cliente quién hace la mezcla.

Es conocido que la unión del arroz con los frijoles es muy beneficiosa para el organismo humano, pues ambos mejoran la calidad de proteínas vegetales presentes, puesto que ambos contienen aminoácidos esenciales, uno posee los aminoácidos de que carece el otro, formando un complemento ideal desde el punto de vista nutricional, de este modo se obtiene una proteína de un valor biológico similar a la que contienen las carnes.

Típica de estas fechas es la ensalada de vegetales. Generalmente se emplean vegetales de la estación, principalmente tomates, lechuga y rábanos. Para el aderezo se utiliza aceite, vinagre o jugo de limón, sal y pimienta al gusto, y se adornan con anillos de cebolla. Las ensaladas son de suma importancia por el aporte de fibra dietética y vitaminas, que actúan como antioxidantes, vitamina C, E, betacarotenos, y otras sustancias con igual acción, tales como los polifenoles y fitoquímicos, imprescindibles para contrarrestar la producción de sustancias nocivas por el consumo excesivo de grasas y carnes.

El punto final de estas cenas es el postre. Muchos cubanos aseguran que “si no han comido postre no han comido”, hábito nacido en los monasterios y conventos andaluces, y fortalecido en los barracones de esclavos africanos, quienes mayoritariamente eran confinados a los ingenios azucareros, y su dieta era elevada en azúcar, de ahí la preferencia del cubano por el dulce. A pesar de que los dulces son fuentes de glucosa y nos ofrecen energía y fuerza, su consumo excesivo provoca una cantidad de energía adicional a la necesaria, que se almacena en forma de grasa, con la consiguiente obesidad, y por ende, riesgos a contraer enfermedades crónicas.

El postre más consumido en las Fiestas Navideñas es el buñuelo. Con una clara influencia del catolicismo y de la santería, donde buñuelos son ofrendados a los orishas. Su preparación varía según la región. En algunas provincias emplean calabaza en vez del boniato y en otras lo hacen sin boniato. La vianda imprescindible del buñuelo es la yuca y que de acuerdo a la receta original, es rallada para extraerle la catibía, que se pone a secar al sol durante diez a doce horas y una vez seca, la pasan por un jibe (criba) y una vez cernida se obtiene la harina. Luego le añaden anís en grano, la amasan en forma de bola y la ponen a hervir. Una vez cocinada la rompen en el mortero y es cuando le agregan la malanga, el boniato y los huevos. En algunos casos le incorporan harina de trigo para trabajar la masa en la mesa.

Debemos tener en cuenta que el cubano es gran consumidor de grasas y si analizamos con detenimiento estos platos tradicionales, veremos la gran cantidad de grasas que durante las Fiestas Navideñas se consumen: el cerdo asado, los chicharrones de cerdo que acompañan a la yuca con mojo, los tostones que se fríen en dos ocasiones, y el tocino o los chicharrones, en dependencia del congrí o del arroz moro, entre otros.

Las grasas son nutrimentos importantes de la dieta, constituyen una fuente de energía y son elementos esenciales para las funciones vitales del organismo, además favorecen la absorción de las vitaminas liposolubles, pero debemos tener en cuenta la calidad, la cantidad y la forma de consumirlas. Pero el consumo excesivo de estas grasas saturadas presentes en el cerdo, entre otros alimentos, atenta contra la salud, promoviendo el desarrollo de enfermedades principalmente cardiovasculares y otras asociadas, como la hipertensión y la obesidad.

Es importante tener en cuenta que el sobrecalentamiento de las grasas también es nocivo para la salud, pues al sobrecalentarse, estas se liberan sustancias tóxicas como la acroleína, asociadas con el deterioro y envejecimiento celular. Disfrutemos de las tradicionales cenas cubanas, pero de la manera más sana posible.

Chef Jorge Fernández Prendes
Salud Vida, 23 de diciembre de 2013.
Foto: Tomada de internet.

lunes, 18 de diciembre de 2017

El refugio del puerco



Desde la llegada de Fidel Castro al poder, el cerdo ha sido la gran ilusión de la mesa del cubano.

Una tradición sustenta esta esperanza. La cena navideña se organiza alrededor del lechón asado. La boda campesina es el momento obligado en que el guajiro debe ofrecer a los invitados un puerco en púa.

Los puercos vinieron con Cristóbal Colón -los ejemplares viajaron vivos a bordo de las carabelas- y desde entonces su carne ha sido una comida frecuente, el alimento sin barreras étnicas: del gusto tanto de los españoles, como de los negros y chinos que llegaron después.

Nunca ha sido considerado un plato de lujo. Tampoco menospreciado por los ricos. En 1959, en un número especial dedicado a Cuba, el magazine Lunes de Revolución lo consideraba “el lujo del gourmet criollo”. Una esperanza que se hacía realidad.

La escasez de carne vacuna se impuso desde comienzos de la Revolución. Las reses son confiscadas, censadas y su sacrificio controlado estrictamente por el régimen. Con los cerdos hay mucha mayor lenidad. Se convierten en el refugio a que acuden los cubanos, primero acostumbrados a un consumo excesivo de carne y luego a lo contrario.

La carne de cerdo es también el gran triunfo de la cocina cubana de Miami. Al igual que en Cuba, donde los productos porcinos juntaron a cubanos, españoles y chinos, en el exilio su carne une a anglosajones, latinoamericanos y exiliados.

Detrás de cada sandwich y 'medianoche' hay una metáfora agroindustrial y varias fortunas: los criadores de cerdos de Georgia u otros estados, convertidos en proveedores de La Pequeña Habana; los McDonald’s ofreciendo sandwiches cubanos junto a sus tradicionales hamburguesas. El melting pot transformado en el contenido que encierra una flauta de pan picada en porciones generosas. Una mezcla de sainete y picaresca. Incomprensible para los estadounidenses.

La fotografía, decenas de años atrás, en la portada de The Miami Herald. El hombre sorprendido por el fotógrafo con el cuchillo ensangrentado en la mano. La policía que acude ante las llamadas de los vecinos, alarmados por los chillidos insoportables. El exiliado que llevaba meses ahorrando para celebrar una nochebuena como en Cuba, ilusión y añoranza que se van haciendo antiguas.

La compra del cerdo vivo, que luego corre por las habitaciones de la modesta vivienda en la “Sagüesera”. El animal despavorido que deja un reguero de sangre, tumba los escasos muebles y trata inútilmente de escapar, porque las puñaladas del hombre no han sido efectivas. Un hermano y una hermana que no hablan inglés, tratando de entenderse con los policías que ya han esposado al hombre, lo han metido en el patrullero y que luego pasará las fiestas navideñas entre rejas. Una ilusión que termina en la 'casera' exigiendo a la familia que abandonen la casa, que se pierdan del barrio pues son mirados con reserva.

En Cuba, la presencia de esta carne es incluso mayor. Porque también hay una historia de horrores. Antes de 1959, cuando las familias sacrificaban un puerco en sus hogares buscaban un carnicero experto, que produjera la puñalada precisa en el corazón del animal para que muriera inmediatamente y no sufriera. Que los vecinos o los miembros de la familia tuvieran que escuchar los chillidos del agonizante era considerado, en el peor de los casos, una muestra de descortesía, y transformaba a la celebración: el sacrificio jubiloso pasaba a ser un acto de una crueldad innecesaria.

Después fue necesario callar los chillidos. No por piedad ni por consideración a otros, sino por miedo. La muerte del cerdo providencial, que aliviaría la mesa durante semanas y era capaz de brindar manteca para varios meses, si se administraba correctamente, convertida en un asesinato clandestino.

Cuando durante el llamado 'período especial' se intensificó la cría de cerdos en ciudades y pueblos, sus propietarios recurrieron a conductas bárbaras, impelidos por las circunstancias del momento. De entonces son las historias de veterinarios que acudían a las casas para cortar las cuerdas vocales del animal, a fin de que no se escuchara en el barrio. Familias que con frecuencia bañaban a su puerquito con kerosene, y evitaban así que su olor se extendiera a las casas vecinas. Cerdos criados en bañaderas y en lugares aún más estrechos, que al ir creciendo sus cuerpos desarrollaban llagas por el roce de la piel contra las paredes o las tablas que definían el encierro.

En La Habana, una familia se enfrentó al dilema de si sacrificar el lechón que poseían, y aliviar su hambre, o conservarlo hasta Nochebuena, y afrontar así el riesgo de que muriera o fuera robado antes.

Fue también un veterinario, amigo de la familia y en busca de un pedazo de carne, quien resolvió el problema. Una solución cruel, pero también una salida al conflicto entre la necesidad del momento y la ilusión de una cena navideña. Con un bisturí realizó una cuidadosa operación, en la que le amputó un pernil al pobre animal. Este sobrevivió lastimosamente, con una torpe muleta de palo amarrada al cuerpo, hasta que fue sacrificado en diciembre.

Durante una transmisión del programa Mesa Redonda, el 25 de febrero de 2002, Fidel Castro se refirió al tema. “Fidel -dice una carta que él mismo leyó- vela por la salud del pueblo, y son tan mal agradecidos que no quieren quitar las casuchas que hay detrás de los edificios con crías de puercos en la ciudad de La Habana”. El mandatario se refirió al problema en televisión, y luego envió una nota al diario Granma, que la publicó en su edición del 11 de marzo. Castro dijo más en la nota. Entonces consideró que “la cría de cerdos en la ciudad es una desvergüenza”.

El hombre que para entonces se había reunido con centenares de jefes de Estado, que obstinadamente resistía a que la vida o sus enemigos lo matasen, que prosiguió con igual obstinación de sobrevivencia hasta hace unos meses, y fue capaz de un juego político astuto que le aseguró la permanencia en el poder durante más de medio siglo, estaba detenido en el tiempo aquella tarde habanera: analizaba el problema de la cría de puercos en la capital del país con la mentalidad de un abuelo pequeño burgués.

Fue benévolo entonces. Explicó al país que a los criadores de cerdos en las viviendas “se les puede dar un tiempo”. Pero también los advirtió: que se “busquen algún amigo por algún lugar para que los críe”. Luego pasó a recordar que la actividad estaba “reñida con la más elemental higiene”. Recordó que la industria turística podría “perjudicarse con una mala imagen de nuestras ciudades”.

Años después, con un país a la espera y un líder que no se recuperaba, dos boxeadores intentaron saltar al profesionalismo en Brasil y terminaron devueltos a Cuba. Ya en La Habana, uno de ellos luchaba por asimilar las torpezas cometidas y como los millones de dólares prometidos y las ilusiones y la vida que tenía por delante se habían reducido a unas pocas acciones y palabras: miraba a su puerquito, que criaba en su vivienda habanera aquel 8 de agosto de 2007, y lo tocaba como aferrándose a una última esperanza.

Tras languidecer por décadas, las carnicerías privadas son algunos de los negocios que han proliferado en Cuba con la autorización al trabajo por cuenta propia. Establecidas en habitaciones pequeñas, como la sala de una vivienda, ofrecen una variedad de productos y servicios que están ausentes en los locales estatales, donde en ocasiones el carnicero ni siquiera recuerda el precio de venta de la carne de cerdo, por el tiempo que hace que no la recibe.

Texto y foto: Cubaencuentro, 1 de septiembre de 2017.